YOGA

YOGA
Nadie gustará de que sean engreído y egoísta. Incluso cónyuge e hijos, aunque exteriormente aparenten respetarles, no estarán felices con ustedes, si son ustedes personas arrogantes. No sólo eso: en tanto ustedes estén llenos de ego, es altamente improbable que sean realmente felices.

Vida, Muerte y Amor - Zen - Osho

La primera pregunta:


¿Puedes hablar sobre enfrentar la muerte en cada momento y dejarte ir?


 La muerte ya está sucediendo. La enfrentes o no la enfrentes, la mires o no la mires, ya está ahí.

 Es como el respirar. Cuando un niño nace inhala, respira por primera vez. Ese es el comienzo de la vida. Y cuando un día en­vejece, muere, exhalará.

 La muerte siempre sucede con una exhalación y el nacimien­to con una inhalación. Pero la exhalación y la inhalación están sucediendo continuamente: con cada inhalación naces, con cada exhalación mueres.   

 Por eso lo primero que hay que entender es que la muerte no es algo del futuro, que está esperándote, como ha sido siempre descrita. Es parte de la vida, es un proceso continuo, no en el fu­turó; aquí, ahora. La vida y la muerte son dos aspectos de la exis­tencia, que suceden a la vez.

 Normalmente, has sido enseñado a pensar sobre la muerte como algo en contra de la vida. La muerte no está en contra de la vida. La vida no es posible sin la muerte, ésta es el mismo funda­mento donde la vida existe. La muerte y la vida son como dos alas: el pájaro no puede volar con un ala, y el ser no puede ser sin la muerte. Por eso, lo primero es una clara comprensión de qué queremos decir con muerte.

 La muerte es un proceso absolutamente necesario para que la vida exista. No es un enemigo, es un amigo, y no está en algún lu­gar en el futuro, es aquí, ahora. No va a suceder, siempre ha esta­do sucediendo. Desde que tú estás aquí ha estado contigo. Con cada exhalación sucede -una minimuerte, una pequeña muerte-; pero por miedo la hemos colocado en el futuro.

 La mente siempre trata de evitar las cosas que no puede com­prender y la muerte es uno de los misterios más incomprensibles. Sólo hay tres misterios: vida, muerte y amor. Todos ellos están más allá de la mente.      
                                                              
 La mente se toma la vida como algo garantizado; por eso no hay necesidad de investigar -es una manera de evitar-. Nunca piensas, nunca meditas sobre la vida; simplemente la aceptas, la tomas como algo garantizado. Es un misterio tremendo. Estás vivo, pero no te pienses que has conocido la vida.

 Respecto a la muerte, la mente lleva a cabo otro truco: la pos­pone -porque aceptarla aquí y ahora constituiría una constante preocupación. Por eso la mente la sitúa en algún lugar en el futu­ro, entonces no hay prisa: «Cuando llegue, ya veremos».

 Y para el amor, la mente ha creado sustitutos que no son amor: algunas veces llamas a tu posesividad amor; algunas veces llamas a tu apego amor, alguna veces llamas a tu dominación tu amor. Esos son juegos del ego, el amor no tiene nada que ver con ellos. De hecho, por culpa de estos juegos, el amor no es posible.

 Entre la vida y la muerte, entre las dos orillas de la vida y la muerte, fluye el río del amor. Y éste sólo es posible para la per­sona que no se toma la vida como algo garantizado, que entra profundamente en la cualidad de estar vivo y se vuelve existen­cial, auténtico.

 El amor es para la persona que acepta la muerte aquí y ahora y no la pospone.
Entonces entre estas dos surge un hermoso fe­nómeno: el río del amor.

 La vida y la muerte son como dos orillas. Existe la posibilidad de que fluya el río del amor, pero sólo es una posibilidad. Tendrás que materializarlo. La vida y la muerte están ahí; pero el amor tiene que ser materializado: éste es el objetivo de ser un humano. A menos que el amor se materialice, has fracasado, no has com­prendido el punto principal de lo que significa ser.

 La muerte ya está sucediendo, o sea que no la coloques en el futuro. Si no la colocas en el futuro no tiene sentido defenderte de ella; ya está sucediendo -y ha estado sucediendo siempre-, por eso no tiene sentido que te protejas de la muerte. La muerte no te ha matado, ha estado sucediendo mientras estabas todavía vivo. Está sucediendo justo ahora, y la vida no se destruye por esto. De hecho, gracias a ella la vida se renueva a cada momento; caen las hojas muertas, crean espacio para que salgan las hojas nuevas, las flores viejas desaparecen, las nuevas flores aparecen. Cuando una puerta se cierra, otra inmediatamente se abre. En cada mo­mento mueres y en cada momento resucitas.

 Una vez un misionero cristiano me vino a ver y me preguntó: «¿Crées en la resurrección de Jesucristo?». Le dije que no había necesidad de irse tan lejos! En cada momento todo el mundo re­sucita. Pero él no pudo entenderlo. Es complicado para las perso­nas que están demasiado inmersas en su ideología.

 Dijo: «Pero ¿no crées que fue crucificado? ¿Es sólo un mito o es una realidad? ¿Qué piensas?».
Le dije de nuevo que todo el mundo es crucificado en cada momento. Éste es todo el significado de la crucifixión y la resu­rrección de Jesús. Si es histórica o no, importa poco. Simple­mente no tiene importancia pensar si sucedió o no: es un suceder.

 En cada momento el pasado es crucificado, la hoja muerta de­saparece. Y en cada momento un nuevo ser surge en ti, resucita. Es un milagro constante.     
 
 Lo segundo que hay que entender sobre la muerie es que es lo único cierto. Todo lo demás es incierto: podría suceder, podría no suceder. La muerte es segura porque con el nacimiento ya ha su­cedido la mitad, entonces el otro extremo debe de estar en algún lugar, el otro polo debe de estar en alguna parte en la oscuridad. No te la has cruzado porque tienes miedo, no entras en la oscuri­dad. ¡Pero es una certeza! Con el nacimiento, la muerte se ha convertido en una certeza.

 Una vez que esta certeza penetra en tu comprensión, te rela­jas. Siempre que algo es absolutamente seguro la preocupación desaparece. La preocupación surge de la inseguridad.

 Observa: un hombre se está muriendo y está muy preocupado. El momento de la muerte se hace palpable y el doctor dice: «Ahora no te puedes salvar». Él sufre un fuerte shock. Un esca­lofrío recorre su ser, pero luego las cosas se asientan, e inmedia­tamente todas las preocupaciones desaparecen. Si se le permite a la persona saber que va a morir y que la muerte es segura, con esta seguridad la paz y el silencio llegan a su ser.

 Toda persona que se está muriendo tiene el derecho a saberlo. Los doctores continúan ocultándolo en muchas ocasiones, pen­sando: «¿Para qué preocuparlo?». Pero la inseguridad molesta; la certeza, nunca. Éste estar colgado en el medio, éste estar en el limbo, preguntándote si vas a vivir o a morir, es la causa raíz de todas las preocupaciones. Una vez que existe la seguridad de que vas a morir, no hay nada más que hacer. Entonces uno simple­mente acepta y en esta aceptación... una calma, una tranquilidad. Por eso, si a una persona se le permite saber que va a morir, en el momento de la muerte se llena de paz.

 En Oriente lo hemos estado practicando durante milenios. No sólo eso, en países como el Tíbet, evolucionaron ciertas técnicas para ayudar al hombre a morir. Le llamaron el bardo todol. Cuan­do alguien se estaba muriendo, los amigos, los familiares y amis­tades se reunían a su alrededor para darle la absoluta seguridad de que se iba a morir y ayudarle a relajarse.

 Porque si consigues morir con una relajación total, la cualidad de la muerte cambia. Tu nuevo nacimiento en algún lugar tendrá una cualidad superior, porque la cualidad de los nacimientos se decide en la muerte. Y entonces, correspondiendo con eso, la cualidad del nacimiento decidirá la cualidad de la próxima muerte. Es así como uno va ascendiendo cada vez, es así como uno evoluciona. Y siempre que una persona adquiere absoluta certe­za acerca de la muerte aparece una luz en su cara -la puedes ver... De hecho, sucede un milagro: se ha vuelto más vivo de lo que nunca antes había estado.

 Hay un dicho en la India que dice que antes de apagarse la lla­ma, se vuelve tremendamente intensa. Sólo por un momento res­plandece con totalidad.

 Estaba leyendo una pequeña anécdota:

 Una vez había dos gusanitos. El primero era vago y poco pre­visor y siempre se quedaba en la cama hasta tarde. El otro se le­vantaba para ocuparse de sus asuntos. El pájaro madrugador cazó al gusano madrugador. Luego apáreció un pescador con una lin­terna y cazó al gusano calavera.
Moraleja: Siempre pierdes.

 La muerte es una certeza. No importa lo que hagas -madru­gues o no-, la muerte es una certeza. Ya ha sucedido, por eso es una certeza; ya está sucediendo, por eso es segura. Entonces ¿para qué esperar al momento en que te estés muriendo en tu cama? ¿Por qué no hacerla una certeza ahora mismo?

 Sólo observa. Si digo que la muerte es una certeza, ¿puedes sentir el miedo desapareciendo en tu interior? Puedes sentir la idea -y en este momento es sólo una idea, no es tu experiencia­ de que la muerte es una certeza y sentirse tranquilo y sosegado; si puedes experimentarlo; puedes, porque es un hecho. No estoy hablando de teorías, no me ocupo de teorías, es un hecho senci­llo. Sólo abre los ojos y obsérvalo. Y no trates de evitarlo, no hay manera de evitarlo. Evitándolo, te equivocas. Acéptalo, abrázalo. Y vive con la consciencia de que en cada momento mueres y en cada momento renaces. Permite que suceda. No te aferres al pa­sado; no existe ya, ya se ha ido.

 ¿Por qué seguir cargando cosas muertas? ¿Por qué estar tan cargado de cadáveres? Déjalos caer y te sentirás muy ligero, te sentirás liberado.

 Y una vez que abandonas el pasado, el futuro se cae por sí solo, porque el futuro no es nada más que una proyección del pa­sado. En el pasado disfrutaste de algunos placeres, ahora la men­te proyecta esos mismos placeres en el futuro. En el pasado pa­deciste algunos sufrimientos, ahora la mente proyecta un futuro en el que estos sufrimientos no podrán suceder. Esto es lo que es tu futuro, ¿qué otra cosa es tu futuro? Los placeres que disfrutas­te en el pasado son proyectados y las miserias rechazadas. Tu fu­turo es más colorido y modificado que el pasado, repintado, re­novado, pero es el pasado. Una vez abandonas el pasado, de repente el futuro lo abandonas, se cae; y entonces te quedas en el aquí y ahora; entonces estás en la existencia, eres existencial y ésta es la única manera de ser. Todas las demás máneras son sólo para evitar la vida. Y cuanto más evitas la vida, más miedo te da la muerte.

 Una persona que está viviendo realmente no está de ningún modo asustada por la muerte. Si vives correctamente, has termi­nado con la muerte, estás ya demasiado agradecido, satisfecho. Pero si no has vivido, entonces existe una preocupación constan­te: «No he vivido todavía y la muerte está llegando. Y la muerte lo detendrá todo y con la muerte no habrá más futuro». Entonces la persona se vuelve aprensiva, se asusta, y trata de evitar la muerte.

Zen
Zen 


Tratando de evitar la muerte, sigue perdiéndose la vida. Olvi­da totalmente ese evitar. Vive la vida. Viviendo la vida se evita la muerte. Viviendo la vida te sientes tan completo que si en este momento llega la muerte y el futuro se detiene estarás preparado. Estarás felizmente preparado. Has vivido tu vida, has disfrutado de la existencia, has celebrado, estás contento. No hay queja, no hay protesta; no tienes ningún motivo de rencor. Das la bienveni­da a la muerte. Si no puedes dar la bienvenida a la muerte, una cosa es segura: no has vivido.

He escuchado una anécdota:

 Dos aristócratas húngaros entablaron una lucha mortal. Pero como ninguno de los dos estaba ansioso por arriesgar su vida ni con espada ni con pistola, acordaron un duelo sin sangre. Cada uno debía de decir un número, y el que dijera el número más alto sería declarado ganador.  

 Los segundos pasaban y la excitación y el suspense eran ex­tremos mientras los dos nobles, sentados en los lados opuestos de una larga mesa, se disponían a pensar un número alto. La parte desafiada que tenía el privilegio de empezar se lo pensó durante mucho tiempo. Las venas de sus temporales se hincharon, y el sudor apareció en su frente.

-Tres -dijo finalmente.

El otro duelista dijo inmediatamente: -Bueno, me has vencido.

 Cuando tienes miedo a la muerte incluso el número tres es el más alto. Cuando tienes miedo a la muerte sigues buscando ex­cusas para seguir viviendo. Tanto da que tu vida signifique algo o no, continúas buscando excusas para prolongarla.

 En Occidente ahora, están como locos tratando de conseguir prolongar la vida. Esto simplemente demuestra que en algún lu­gar se está malgastando la vida. Siempre que un país o una cultu­ra comienza a pensar en cómo prolongar la vida, es porque la vida no se está viviendo. Si vives la vida, incluso un solo mo­mento es suficiente. Un solo momento puede ser equivalente a la eternidad. No es una cuestión de duración, sino de profundidad; no es una cuestión de cantidad, sino de calidad.

 Sólo piensa: ¿preferirías un momento de la vida de Buda o mil años de tu propia vida? Entonces serás capaz de entender lo que quiero decir acerca de la calidad de la intensidad, de la profun­didad. En un solo momento la realización es posible, puedes flo­recer y florecer; pero podrías no florecer en mil años y permane­cer oculto en la semilla.

 Ésta es la diferencia entre la actitud científica ante la vida y la actitud religiosa. La actitud científica está preocupada con la pro­longación -cómo prolongar la vida-, no está preocupada con el significado. Por eso puedes encontrar ancianos en los hospitales, particularmente en Occidente, sin hacer nada. Quieren morir pero la cultura no se lo permitirá. Están hartos de sólo vivir; es­tán únicamente vegetando, su vida carece de importancia, de sig­nificado, de poesía; porque todo ha desaparecido y son una carga para ellos mismos. Están pidiendo la eutanasia, pero la sociedad se la niega. La sociedad tiene tanto miedo a la muerte que no la permite aunque las personas estén dispuestas a morir.

 La misma palabra "muerte" es una palabra tabú, más tabú que el sexo. Éste poco a poco está siendo aceptado. Ahora la muerte también necesita un Freud para poder ser aceptada de modo que deje de seguir siendo un tabú y la gente pueda hablar de ella y compartir sus experiencias. Y entonces no habrá necesidad de ocultarla y no habrá necesidad de forzar a las personas a vivir en contra de su voluntad. En los hospitales, en los asilos, hombres y mujeres están simplemente esperando, porque la sociedad, la cul­tura, la ley, no les deja morir. Y si preguntan si se les permite mo­rir, parece que están pidiendo suicidarse. No están pidiendo sui­cidarse. De hecho, se han convertido en cadáveres; están viviendo un suicidio y están pidiendo librarse de él. Porque la du­ración no es el significado. Cuánto tiempo vives no es el asunto. Con cuánta profundidad, con cuánta intensidad vives, con cuán­ta totalidad vives, la cualidad... sí lo es.

 La ciencia está preocupada con la cantidad; la religión está preocupada con la calidad. La religión está preocupada con el arte de cómo vivir la vida y cómo morir la vida. Siete años, se­tenta años o setecientos años, ¿qué diferencia hay? Seguirás repi­tiendo el mismo círculo vicioso una y otra y otra y otra vez. Sim­plemente te irás aburriendo cada vez más.

 Por eso cambia el enfoque de tu ser. Aprende cómo vivir en cada momento y aprende cómo morir en cada momento, porque ambos van juntos. Si sabes cómo morir en cada momento, serás capaz de vivir en cada momento -nuevo, joven, virgen-. Muere al pasado. No permitas que interfiera con tu presente. El momen­to que acabas de pasar, deja que se vaya. No está más aquí; sólo continúa en tu memoria, es sólo un recuerdo. Deja que este re­cuerdo se libere. Esta obsesión psicológica no debería permitirse. No estoy diciendo que debas de olvidar todo lo que conoces.

 No estoy diciendo que toda memoria es mala. Tiene usos técni­cos. Tienes que saber conducir, tienes que saber dónde está tu casa, tienes que reconocer a tu esposa y a tus hijos. Pero eso no son obsesiones psicológicas. Cuando llegas a casa, por supuesto reconoces que ésta es tu esposa. Ésta es la memoria factual, prác­tica, mejora la vida, la facilita. Pero si llegas a casa y miras a tu mujer con todas las experiencias pasadas con ella, entonces esto es un problema psicológico. Ayer estaba enfadada... ahora de nuevo la miras con esa memoria en medio; tus ojos están nubla­dos por esa memoria. Anteayer estaba triste o desagradable o re­gañona... Si miras a través de todas esas impresiones psicológi­cas, no estás mirando a la mujer que ahora mismo está frente a ti. Estás mirando a alguien que no está ahí, estás mirando a alguien que no existe. Estás mirando a un fantasma; ella no es tu esposa. Y ella podría estar también mirándote de la misma manera.

 Entonces los fantasmas se encuentran y las realidades perma­necen separadas: los fantasmas están casados y las realidades es­tán divorciadas. Entonces estos dos fantasmas harán el amor, lu­charán, discutirán y harán una y mil cosas, y las realidades estarán alejadas, muy alejadas. No habrá contacto; las realidades no tendrán ninguna conexión. Entonces no puede existir comuni­cación, no puede existir diálogo. Sólo las realidades pueden amar. Los fantasmas únicamente pueden hacer gestos impoten­tes, movimientos, pero carecen de vida.

 Deja caer el pasado en cada momento. Acuérdate de dejarlo caer. Del mismo modo que limpias tu casa cada mañana, en cada momento limpia tu casa interior del pasado. Todas las memorias psicológicas tienen que ser abandonadas. Sólo mantén cosas prácticas y tu mente permanecerá muy, muy limpia y clara.

 No te adelantes a ti mismo en el futuro porque no es posible ha­cerlo. El futuro permanece desconocido; esa es la belleza, esa es la grandeza, la gloria. Si se hace conocido, será inservible porque en­tonces toda la excitación y toda la sorpresa se echará a perder.

 No esperes nada en el futuro. No lo corrompas. Porque si to­das tus expectativas se cumplen entonces también te sentirás mi­serable... porque son tus expectativas y se han cumplido. No es­tarás contento con esto. La felicidad sólo es posible a través de la sorpresa, la felicidad sólo es posible cuando sucede algo que no te esperabas, cuando te toma completamente desprevenido. Si tus expectativas se cumplen al cien por cien, estarás viviendo como si estuvieras en el pasado, no en el futuro. Llegas a casa y espe­ras que tu mujer te diga algo, y te lo dice. Y esperas que tu hijo se comporte de un cierto modo, y el niño lo hace. Piénsalo, estarás constantemente aburrido. No pasará nada. Todo será sólo una re­petición, como si estuvieras viendo algo que has visto antes, es­cuchando algo que ya has escuchado antes. Continuamente esta­rás viendo que es una repetición, y una repetición nunca puede ser satisfactoria. Se necesita lo nuevo, la novedad, lo original.

 Por eso si tus expectativas se cumplen, permanecerás comple­tamente insatisfecho. Y si tus expectativas no se cumplen, enton­ces te sentirás frustrado. Entonces sientes constantemente como si tú propusieras y Dios dispusiera, sientes que Dios es tu enemi­go, sientes como si todo el mundo estuviera en tu contra y traba­jando en tu contra. Tus expectativas nunca se cumplen, te sientes frustrado.
Sólo medita sobre tus expectativas: si se cumplen te sentirás aburrido, si no se cumplen te sentirás engañado como si se hu­biera tramado en tu contra una conspiración, como si toda la existencia estuviera conspirando contra ti. Te sentirás explotado, te sentirás rechazado, no serás capaz de sentirte en casa. Y todo el problema surge porque estás esperando.

 No te adelantes en el futuro. Abandona las expectativas.

 Una vez que abandonas las expectativas, has aprendido a vi­vir. Entonces todo lo que sucede te llena, todo. Por una cosa, nunca te sientes frustrado y es porque, en primer lugar, nunca te lo esperaste, entonces la frustración es imposible. La frustración es la sombra de la expectativa. Cuando abandonas ésta, la frus­tración se cae ella sola.

 Tú no puedes frustrarme, porque nunca espero nada. No im­porta lo que hagas, yo diré: «Bien». Siempre digo: «Bien», excep­to en algunas contadas ocasiones en las que digo: «¡Muy bien!».

 Una vez que las expectativas no están ahí, eres libre de ir ha­cia lo desconocido y aceptarlo con todo lo que quiera traer y aceptarlo con una profunda gratitud. Desparecen las quejas, de­saparecen las protestas. No importa cuál  sea la situación, siempre te sientes aceptado, en casa. Nadie está contra ti; la existencia no es una conspiración en tu contra. Es tu casa.

 Lo segundo: cuando todo sucede sin esperarlo, todo se con­vierte en nuevo. Trae novedad a tu vida; una brisa fresca está continuamente soplando y no permite que el polvo se acumule en ti. Tus puertas y tus ventanas están abiertas: entra el sol, entra la brisa, entra la fragancia de las flores; todo sin que te lo esperes. Nunca lo pediste y la existencia continúa colmándote. Uno sien­te que la divinidad existe.

 La proposición «Dios es», no es una proposición; es la afir­mación de alguien que ha vivido sin esperar, sin ninguna expec­tativa, que ha vivido maravillado. Dios no es una hipótesis lógi­ca; es una exclamación de alegría. Es como un «¡Ah!». No significa nada más. Simplemente significa: «¡Ah!»... tan hermo­so, tan maravilloso, tan nuevo, tan original, y más allá de todo lo que podrías haber soñado. Sí, la vida es más emocionante que cualquier aventura que puedas imaginar. La vida está preñada, siempre preñada, de lo desconocido.

 Una vez que esperas, todo se destruye. Deja caer el pasado; ese es el modo de morir en cada momento. Nunca planées el fu­turo; ese es el modo de permitir que la vida fluya a través de ti. Y entonces permaneces en un estado sin congelar, fluyendo.
Esto es lo que yo llamo un sannyasin -sin pasado, sin futuro, vivo en este momento, intensamente vivo, una llama quemando por los dos extremos, una antorcha quemando por los dos extre­mos-. Esto es dejarse ir.


La segunda pregunta:


Hace algún tiempo te escuché decir que te veías a ti mismo de pieen la plaza del mercado con una botella de alcohol en la mano.Hoy se me ha impedido entrar en el darshan porque en mi aliento había alcohol. Esto es de Vedanta.


 Lo que yo digo y lo que tú oyes no es necesariamente lo mis­mo. Mi alcohol es mi alcohol, tu alcohol es tu alcohol. Cuando estoy hablando sobre alcohol, no estoy hablando de tu alcohol. Estoy hablando acerca del alcohol de los budas. Sí, están borra­chos, borrachos de lo divino.

 Pero puedo entenderte. Sigues escuchando aquello que quie­res oír. No escuchas, manipulas. Te las arreglas para escuchar aquello que quieres. Tu inconsciente continúa interfiriendo, con­tinúa confundiéndote. Sí, digo que estoy en la plaza del mercado, y no sólo en la plaza del mercado, sino con una botella en la mano. Éste es un antiguo dicho del Zen.

 El Zen dice que el que finalmente se ha entendido a sí mismo regresa al mundo, y vuelve totalmente borracho. Pero, ¿por qué con una botella en su mano? El signifIcado está claro. No sólo está borracho, además tiene algo que ofrecerte. Éste es el signifI­cado de una botella en la mano. Si estás listo, también te puede emborrachar -tiene algo que ofrecerte-. No es sólo que esté bo­rracho, él puede compartir su borrachera contigo. De ahí la bote­lla. Él tiene una invitación, una invitación para ti.

 Por eso ha ido a la plaza del mercado. Tú vas a la plaza del mercado por algo, él ha ido a dar algo. Él ha encontrado algo que tiene que ser compartido. Compartirlo es su naturaleza intrínseca. Tú no puedes guardarte tu éxtasis para ti sólo, sería como si una flor que tratara de guardar su fragancia para sí misma o una estrella quisiera guardarse su luz para ella sola. No es posible. Cuando hay luz se esparce, va a otros, ayuda incluso aquellos que no están preparados para recibir esa ayuda. La fragancia se dis­persa de igual manera por el aire para los amigos y para los ene­migos.

 Una vez que un hombre se realiza, tiene que compartir. No es que tenga que hacer nada para compartir; simplemente se en­cuentra a sí mismo compartiendo, no puede hacer otra cosa. Va a la plaza del mercado donde está la gente. Donde la gente está tro­pezándose en la oscuridad, les trae luz; allí la gente tiene sed, él trae su propia borrachera para compartirla con ellos.

 Sí, estoy borracho y tengo una botella en mi mano, ¿es que no la ves? Pero no es tu botella. La gente tiene una tendencia in­consciente a escuchar algo que no se ha dicho.

 He escuchado una anécdota:

 Una mujer de las cavernas llegó corriendo, muy nerviosa, donde estaba su marido.
-¡Wok! -gritó-. Algo terrible acaba de pasar. Un tigre de dientes de sable ha entrado en la cueva de mi madre y ella está allí. iHaz algo! iHaz algo!

Wok levantó la mirada del hueso de mamut que estaba royen­do y dijo:
-¿por qué he de hacer algo? ¿Por qué diablos me tengo que preocupar de lo que le sucede a un tigre de dientes de sable?

 No es necesario que escuches lo que se dice. Tu inconsciente continuamente colorea cualquier cosa que oyes; y lo interpreta a su modo. Las palabras podrían ser las mismas, pero un pequeño cambio en el significado, un pequeño giro, y todo cambia.

 Después de diez años de matrimonio, un hombre estaba con­sultando a un consejero matrimonial.  

 -De recién casado -dijo-, era muy feliz. Cuando llegaba la noche, mi perrito corría a mi alrededor ladrando y mi mujer me traía mis zapatillas. Ahora, después de todos estos años, cuan­do llego a casa, mi perro me trae mis zapatillas y mi mujer me ladra.

 -¿De qué te quejas? -le pregunto el consejero-. ¡Sigues te­niendo el mismo servicio!
Sí, el servicio es el mismo, pero a pesar de todo, no es el mis­mo. Podrías escuchar mis palabras y pensar que el significado es el mismo; pero no lo es. Por eso, por favor, ten cuidado. Trata mis palabras con mucho cuidado; son delicadas. Y antes de decidir qué significan, no tengas prisa, medita. De otra manera no sólo te equivocarás, podrías mal interpretarme, y no sólo mis palabras  no serán capaces de ayudarte, pueden ser perjudiciales.


La tercera pregunta:


¿Es posible para un político iluminarse?


 Nunca lo he oído. Nunica ha sucedido. Existen problemas in­trínsecos. La dimensión en la que  se mueve la política está en contra de la iluminación.

 Hay que entender algunas cosas. La política es un fenómeno diametralmente opuesto a la religión. Un científico puede fácil­mente convertirse en religioso; su perspectiva es diferente pero no es opuesta. Podría estar trabajando con la materia, con el mun­do objetivo, pero su trabajar es una especie de meditación. Nece­sita cierto espacio en su consciencia, un espacio silencioso, para trabajar y para descubrir. No es muy complicado ir desde lo ob­jetivo a la subjetividad porque ese mismo espacio puede ser usa­do en el viaje interior.      
                                                    
 Un poeta puede con mucha facilidad convertirse en religioso -está muy cerca, muy, muy cerca, casi en la vecindad-. Un pin­tor o un escultor pueden con mucha facilidad convertirse en reli­giosos;. ya son religiosos sin saberlo. Ya son devotos a pesar de que todavía no han adorado. Podrían no pensar en Dios, podrían no ser conscientemente religiosos en absoluto, podrían no ir a la iglesia o al templo, podrían no preocuparse de la Biblia y la Gita, pero ese no es el asunto. Un pintor sigue viendo algo divino en la naturaleza: los colores para él son divinos. Un poeta está sintien­do algo del romance religioso por todas partes alrededor de él. Todas las artes creativas están relacionadas muy de cerca; en cualquier momento puede amanecer la consciencia, cualquier rayo puede convertirse en una transformación.

 Pero un político se mueve en una dirección diametralmente opuesta. Toda su educación está en contra de la religión.

 He escuchado una anécdota:

 El congresista había pronunciado un emocionante discurso en contra de un controvertido proyecto de ley. Enseguida se vio en­terrado en montañas de cartas de los electores de su estado con­denando su intervención. Al día siguiente estaba de regreso en el Congreso, esta vez pronunciando un discurso a favor del proyec­to de ley. Cuando terminó un colega le agarró del cuello y le dijo:

 -Ayer diste una explicación de los principios que motivaron tu intervención. Me pregunto, ¿qué te ha sucedido para que cam­bies de opinión?

 -Algún día -dijo el congresista-, aprenderás que llega un mo­mento en la vida de todo hombre en el que debe pasar por enci­ma de meros principios.

Un político es un oportunista; de hecho, no tiene principios. Habla sobre principios, pero no los tiene. Pretende tener princi­pios, pero si es un político que haga honor a su nombre, no pue­de tener ningún principio. Esos principios están sólo para enga­ñar a la gente. Él está en un viaje del ego. El usa todo tipo de principios.

 Oí una historia acerca de un político. En una campaña electo­ral estaba hablando en su distrito y existía una gran controversia sobre si el alcohol debería ser totalmente prohibido o no. Cuando estaba hablando, un hombre se levantó y preguntó: «¿Cuál es su posición acerca de la prohibición?».    

 En ese momento se puso un poco nervioso porque la mitad de la población estaba a favor y la otra mitad en contra. Y podía ver que la mitad del público estaba a favor y la otra mitad en contra. Dijese lo que dijese, iba a perder la mitad de los votos. Si decía sí, la mitad; si decía no, la mitad. Era realmente muy difícil. Es­taba ante un gran dilema.

 Y entonces dijo: «Todos vosotros sois mis amigos. Por favor que levanten la mano aquellos que están a favor y aquellos que están en contra». La mitad de la gente levantó las manos a favor, y la otra mitad en contra.

A continuación añadió: «Bien, estoy con mis amigos. Estoy totalmente por mis amigos. Sois mis amigos y estoy con voso­tros».

 Ahora bien, él no está diciendo ni sí ni no.

Zen
Zen 

 Es un viaje del ego: cómo hacerse más poderoso, cómo con­trolar a los demás. La religión es justo lo opuesto. No es de nin­guna manera un viaje del ego -uno tiene que perder el ego-. Y uno no está tratando de hacerse poderoso, de hecho, está tratando de entender la total impotencia de la parte en contra del todo. Uno tiene que aprender cómo rendirse, no cómo conquistar; y no tiene que preocuparse de los demás, tiene que estar totalmente preocupado de sí mismo. Si al menos esto es posible, que: «Me puedo hacer consciente de mi propio ser, es suficiente, más que
suficiente.

 El político está preocupado por el mundo exterior, es un ex­trovertido. La persona religiosa es introvertida. No está preocu­pada con cosas, con el mundo, con situaciones; está preocupada de la calidad de su consciencia. Una persona religiosa está tra­tando de encontrar cómo llegar a estar satisfecho; un político está tratando de mostrar al mundo que es alguien. Podría no estar sa­tisfecho pero pretende que sí lo está; ha optado por las pretensio­nes, por la hipocresía. El simplemente quiere que todo el mundo sepa que es alguien; especial, extraordinario, muy feliz. Profun­damente, en su interior, podría estar llevando un infierno, pero cree que si puede engañar a todo el mundo será capaz de enga­ñarse a sí mismo.

 Ese sueño nunca se cumple. Puedes engañar a todo el mundo exhibiendo una falsa sonrisa, pero ¿cómo puedes engañarte a ti mismo? En lo más profundo sabes que todo se está enfriando y muriendo; en lo más profundo sabes que todo está vacío y es vano. Pero uno sigue pensando: «Si puedo convencer a todo el mundo, que soy alguien, de alguna manera seré capaz de con­vencerme a mí mismo de que soy alguien».

 El político es un mentiroso. Está tratando de mentirse -a sí mismo y a todo el mundo-. La dimensión religiosa es la dimen­sión de lo verdadero, de lo auténtico.

Sucedió una vez: un hombre entró en un bar y dijo:

 -Camarero, deseo presentarle a mi perro. Habla. Se lo vende­ré sólo por diez dólares.
-¿A quién se cree que está engañando -dijo el camarero.

 El perro, con lágrimas en los ojos, miró hacia arriba.
-Por favor, cómprame -dijo-. Este hombre me trata con crueldad. Nunca me da un hueso. Nunca me baña. Siempre me está tratando a golpes. Una vez fui el perro artista más famoso del país. Actué ante presidentes y reyes. Mi nombre aparecía en los periódicos cada día, y...      
-Entonces habla -dijo el camarero-. Pero ¿por qué vender un perro tan valioso por sólo diez dólares?
-Porque odio a los mentirosos- contestó el cliente.

 Un político es un mentiroso y está tratando de convencerse a sí mismo convenciendo a los demás.
Un político está casi loco -loco por el poder-. Hay mucha gente en el mundo en instituciones psiquiátricas. Uno se cree que es Adolf Hitler, otro se cree que es Napoleón, el de más allá se cree que es Ford o Mao Zedong. Están en cárceles, en manico­mios o en hospitales porque pensamos que se han vuelto locos. A alguien que piensa que es Adolf Hitler se le considera loco, pero, ¿qué hay acerca del verdadero Adolf Hitler? La única dife­rencia es ésta: este hombre, este loco que piensa que es Adolf Hi­tler, no ha sido capaz de probarlo, eso es todo. Es inocente. Su lo­cura es sólo inocencia. Adolf Hitler demostró al mundo que sí, sí lo era: Adolf Hitler estaba mucho más loco que ese hombre. Su locura era tal que demostró a todo el mundo que era alguien; y que si no podía crear, podía destruir.

 Existen sólo dos posibilidades. Puedes ser un creador, y en­tonces sientes cierta satisfacción -esto le pasa a la madre cuando da nacimiento al niño, esto le pasa al poeta cuando la poesía nace, esto le pasa al escultor cuando ha creado algo: una hermo­sa pieza de mármol, piedra, madera-. Siempre que creas algo, te sientes mejorado, asciendes hacia las cimas, te sientes mejor.

 Toda las personas que son creativas están cerca de la religión. Lá religión es la creatividad más grande porque es un esfuerzo para darte nacimiento a ti mismo, convertirte en padre y madre de ti mismo, nacer de nuevo, nacer a través de la meditación, a través de la consciencia. La poesía está bien, pintar está bien; pero cuando das nacimiento a tu propia consciencia, no hay com­paración. Entonces has dado nacimiento a la poesía esencial, la música esencial, la danza esencial. Ésta es la dimensión de la cre­atividad. En la escala de la creatividad, la religión es el último peldaño. Es el arte más grande, el arte esencial, por eso la llamo "la alquimia esencia".

 En el lado opuesto de la escala está la destrucción. La gente que no puede ser creativa se vuelve destructiva porque a través de la destrucción pueden tener el sentimiento experimentado por otros de ser poderoso. Cuando Hitler destruyó a millones de per­sonas, por supuesto tenía el poderoso sentimiento de: «Soy al­guien. Puedo destruir todo el mundo». Estaba casi listo para des­truir todo el mundo -casi lo destruye-.

 El político es una mente destructiva. Podría hablar acerca de la nación, del país; podría estar hablando sobre utopías, socialis­mo, comunismo, pero básicamente un político es una mente des­tructiva y una mente destructiva no puede iluminarse.

Primero, toda la energía debe ir hacia la construcción, hacia la creación. Sólo entonces existe la posibilidad de que poco a poco tú participes de la creación más grande -esto es, nirvana-, la cima de la creación, en la que renaces divino, infinito, sin límites. Entonces te expandes, te derramas en toda la existencia. Enton­ces dejas de ser una ola, te has convertido en el océano.

 Un político no puede iluminarse nunca. No estoy diciendo que un político no pueda ir hacia la iluminación, sí puede pero si va hacia ella, tendrá que abandonar la política. Un político tam­bién es un ser humano, pero tendrá que abandonar la política. Y cuando empiece a meditar ya no será un político. Permaneciendo como político, un hombre no puede iluminarse. Su humanidad está allí. Incluso Hitler se puede convertir en un buda... algún día. Uno espera que así será. Algún día, muy alejado en el futuro, incluso Adolf Hitler se convertirá en un buda; esa es su potencia­lidad. Pero entonces, en ese momento, ya no será Adolf Hitler.
                                                                                                                       
 La guerra nuclear estalló y terminó. Sólo un mono delgadito en una parte aislada del mundo permaneció con vida. Después de semanas de dar vueltas, se encontró finalmente con una mona hembra pequeñita. Se arrojó en sus brazos como saludo.

 -Estoy muerto de hambre -dijo-. ¿Has encontrado algo de comer?
-¡Bueno -dijo ella-, encontré esta vieja manzana.

-Oh, no, no irás a... ! -le espetó él-. ¡No vamos a comenzar todo de nuevo otra vez!

 Incluso los monos están preocupados por la humanidad. Y he escuchado hablar a los monos. Ellos no creen en Darwin, no di­cen que el hombre ha evolucionado de los monos, no piensan que el hombre es una forma desarrollada; piensan que el hombre es un mono venido a menos. Por supuesto, caído de los árboles, caído de las alturas, caído de los monos.

 Y de alguna manera esto es verdad, porque el hombre hasta ahora ha permanecido político. Toda la historia hasta ahora ha sido política; no ha existido ninguna civilización que haya sido religiosas, ni siquiera la civilización india. No ha surgido ni una sola nación que sea religiosa, sólo raramente individuos, aquí y allí, muy separados. En algún lugar un Buda, un Jesús, un Zara­tustra, un Lao Tzé -islas-. De otro modo, normalmente, la co­rriente mayoritaria de la humanidad ha permanecido política.

 La política es básicamente ambición. La política es básicamen­te una equivocación, porque la ambición es una equivocación. No tienes que convertirte en alguien, dice la religión, ya lo eres. No tienes que hacerte poderoso, ya lo eres. Sois extensiones de Dios. No necesitas preocuparte de ser poderoso y ser alguien encima de un trono; todo eso son juegos estúpidos, niñerías, actitudes muy juveniles, inmaduras. No puedes encontrar gente más inmadura que los políticos.

 De hecho, en un mundo mejor, a los políticos se les encerrará en los manicomios y a la gente loca se le permitirá volver al mun­do. Todos esos locos no han hecho nada malo. Puede ser que es­tén un poco fuera del camino, pero no han hecho ningún daño. Los políticos son locos peligrosos, muy peligrosos.
He escuchado que antes que Richard Nixon renunciara a su puesto convocó una reunión con sus colegas y les amenazó con que tenía el poder para ir a la otra habitación, apretar un botón y todo el mundo podría ser destruido en veinte minutos.

 Y sí, tenía ese poder. Hay millones de bombas atómicas pre­paradas, sólo hay que apretar un botón. El poder del átomo y las bombas H ya fabricadas es siete veces superior a lo que se nece­sita para destruir esta tierra -siete veces superior-. Pueden des­truirse siete tierras de este tamaño. Nos hemos hecho tan hábiles, tan super-hábiles, en destruir. Y quién sabe, cualquier día un pre­sidente de América, o de la Unión Soviética, o de China, puede enloquecer; los políticos están casi locos, cualquier día, cual­quiera de ellos puede apretar el botón -todo el mundo tiene mo­mentos de locura, momentos de enfado-. La amenaza es muy, muy real.

 Los políticos han sido la enfermedad de la humanidad, el cán­cer de la consciencia.
Abandona todas las políticas en tu interior. Y recuerda, cuan­do estoy hablando sobre políticos, no estoy hablando en particu­lar a la gente que está en la política, quiero decir todos aquellos que son ambiciosos. Siempre que hay ambición, entra la política; siempre que estás tratando de ponerte por delante de alguien, en­tra la política; siempre que estás tratando de dominar a alguien -quizás a tu esposa, o a tu marido- entra la política. La política es una enfermedad muy corriente, tanto como el resfriado.

 La última pregunta:

 Desde que estoy aquí, he perdido mi capacidad de concentra­ción.
Es complicado para mí pronunciar una frase lógica. Y me he vuelto muy olvidadizo.
Me siento como un niño estúpido.
¿Es éste el camino hacia la inteligencia del que hablas?

 La habilidad de concentrarte no es algo de lo que te puedas sentir bendecido. Es un estado congelado de la mente, un estado de la mente muy limitado. Práctico por supuesto: práctico para los demás. Práctico en la investigación científica, práctico en los negocios, práctico en el mercado, práctico en la política, pero ab­solutamente inútil para ti mismo. Si te acostumbras demasiado a la concentración acabarás muy, muy tenso. La concentración es un estado muy tenso de la mente; nunca estarás relajado. La con­centración es como una linterna enfocada, y la consciencia es como una lámpara sin enfocar.

 Todo mi esfuerzo aquí es enseñarte consciencia, no concen­tración. Y es esto lo que hay que recordar: si te haces consciente, en el momento que quieras concentrarte en un problema particu­lar, puedes. No es un problema. Pero si estás demasiado enfoca­do en la concentración, lo contrario no es verdad: no te puedes re­lajar. Una mente relajada siempre puede concentrarse, fácilmente, no hay ningún problema en ello. Pero una mente en­focada se vuelve obsesiva, limitada. No le resulta fácil relajarse y dejar la tensión. Permanece tensa.

 Si meditas, primero desaparecerá la concentración y te senti­rás un poco perdido. Pero si continúas, poco a poco alcanzarás un estado sin enfocar de luz, esto es meditación. Una vez que se al­canza la meditación, la concentración es un juego de niños: siem­pre que la necesites, te puedes concentrar. No tendrás ningún pro­blema en ello y te resultará fácil y sin ninguna tensión.

 En este mismo momento, estás siendo usado por la sociedad. La sociedad quiere gente eficiente; no está preocupada por tu es­píritu, está preocupada de tu productividad. Yo no estoy preocu­pado de tu productividad: el hombre tiene ya demasiado, mucho más de lo que puede disfrutar, no hay necesidad de producir más. Ahora hay más necesidad de jugar más. Hay más necesidad de ser más consciente. La ciencia se ha desarrollado lo suficiente; ahora, todo lo que está haciendo es prácticamente inútil. Ir a la Luna es inútil, pero se gasta una energía tremenda. ¿Por qué? Porque los científicos ahora están obsesionados, tienen que hacer algo. Le han cogido el truco a la concentración: tienen que hacer algo, tienen que producir, tienen que seguir produciendo algo; no pueden relajarse. Irán a la Luna, irán a Marte, y persuadirán a la gente de que todo lo que están haciendo es importantísimo. Es completamente inútil.

 Pero esto sucede. Una vez que has sido educado en algo, con­tinúas en esa línea, ciego, a menos que te encuentres en un calle­jón sin salida y no puedas continuar. Pero la vida es infinita. No hay callejón sin salida. Puedes seguir y seguir.

 Ahora la actividad científica es casi ridícula.

 La actividad religiosa es totalmente diferente. No está preo­cupada sobre cómo ser más eficiente; todo el énfasis está en como disfrutar más, cómo celebrar más. Por eso si vienes conmi­go, poco a poco, la concentración se relajará. Y al principio ten­drás miedo porque verás cómo tus habilidades desaparecen, tu eficiencia desaparece. Sentirás que estás perdiendo algo que has conseguido con mucho esfuerzo. Al principio sucederá. El hielo está disolviéndose y se convierte en agua. El hielo era sólido, algo concentrado; ahora es agua, suelta, relajada, fluyendo en to­das direcciones. Pero en cualquier momento que necesites hielo, el agua puede volverse hielo otra vez. No hay problema, sólo se necesita un poco más de frío.

 Esa es mi propia experiencia. Todo lo que digo, lo digo por experiencia propia: lo mismo me ha sucedido. Primero desapare­ció la concentración; pero ahora puedo concentrarme en cual­quier cosa. No hay problema. Pero no permanezco concentrado; puedo concentrarme y relajarme siempre que surge la necesidad. Igual que cuando surge la necesidad, caminas; no te sientas en la silla y sigues moviendo las piernas. Hay unos pocos que las si­guen moviendo porque no se pueden sentar relajados, ¡a este hombre le llamas inquieto!

 Es preciso que tengas las piernas en un estado perfecto para que siempre que las necesites, puedas caminar, puedas correr; pero cuando no haya necesidad, te puedas relajar y las piernas no sigan funcionando.

 ¡Pero tu concentración está tan enfocada como si estuvieras continuamente preparándote para los Juegos Olímpicos! Los co­rredores olímpicos no se pueden relajar. Tienen que correr cada mañana y cada tarde una distancia específica: están siempre en marcha. Si se relajan durante unos pocos días perderán la prácti­ca. Pero llamo a todos los olímpicos políticos, ambiciosos, ne­cios. No hay necesidad...  
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 La competición es estúpida, no es necesaria. Si disfrutas co­rriendo, bien, corre y disfruta. Pero ¿por qué competir? ¿Qué sentido tiene la competición? La competición trae enfermedad, es poco saludable; la competición trae celos y mil y una enfer­medades.

La meditación te permitirá concentrarte siempre que surja la necesidad, pero si no existe la necesidad permanecerás relajado, fluyendo en todas las direcciones como el agua.

«Es difícil para mí pronunciar una frase lógica».

 Siéntete dichoso, bendecido. ¿Qué sentido tiene pronunciar frases lógicas? Pronuncia sin sentidos; ¡haz ruidos, parlotea, como los pájaros... como los árboles! (En ese momento un árbol cercano decidió, con la ayuda de una brisa pasajera, ilustrar las palabras de Osho sacudiendo sus ramas y provocando la caída de cientos de hojas con un gran ruido de crujidos en el suelo.) ¡Mira! ¡Ésta es la manera! ¿Es esto lógico? El árbol está disfru­tando, dichoso, simplemente desprendiéndose de su pasado.

 Disfruta, canta, haz ruidos, ¡olvídate de la lógica! y poco a poco revivirás -menos lógico por supuesto-. Ese es el precio que uno tiene que pagar. Te vas muriendo si te vuelves más lógico y te vuelves más vivo si te vuelves más ilógico.

 El objetivo es la vida, no la lógica. ¿Qué vas a hacer con la ló­gica? Si tienes hambre, la lógica no te va a alimentar; si necesitas amor, la lógica no te va a dar un abrazo, si tienes sed, la lógica te dirá que el agua es ¡H20! No te va a dar agua, agua de verdad. No. Simplemente funciona con fórmulas, máximas.

Fíjate en la vida, y poco a poco comprenderás que la vida tie­ne su propia lógica muy lógica. Sintonízate con ella y se conver­tirá en la puerta para tu éxtasis, samadi, nirvana.

 «Y me he vuelto muy olvidadizo».

 ¡Perfectamente bien! Si te puedes olvidar, serás capaz de re­cordar más. La falta de memoria es una gran capacidad, simple­mente significa barrerse de encima el pasado. No hay necesidad de recordar todo lo que sucede -casi el noventa y nueve por cien­to de lo que sucede es trivial-. Pero sigues recordando... Sólo piensa: ¿qué es lo que estás recordando? Escríbelo y fíjate. Son trivialidades. ¿Qué es lo que sucede en tu mente? No serás capaz de mostrárselo a tu amigo más íntimo porque pensará que estás loco.¿Esto es lo que sucede en tu mente?

 Está bien, olvídalo. La falta de memoria es una gran capaci­dad porque te permitirá recordar. Es parte de la memoria. Hay que olvidar lo inútil de modo que se pueda recordar lo útil, y lo útil es muy, muy pequeño, lo inútil es demasiado. En veinticua­tro horas, millones y millones de unidades de información son re­cogidas por la mente. Si las recoges y las recuerdas todas; enlo­quecerás.

He escuchado una historia acerca de un hombre. Fue presen­tado en una ocasión al gobernador general de la India porque era un hombre de una memoria extraordinaria. Sólo conocía una len­gua, el hindú rajastaní. Era un hombre pobre, sin educación, pero si le decías cualquier cosa en cualquier idioma, nunca lo olvida­ba. Lo repetía como un loro, sin saber lo que significaba.

 Fue llamado al palacio del gobernador general; el mismo go­bernador general se sorprendió al oír lo que se contaba de su ca­pacidad. Fueron convocadas otras treinta personas más y pro­nunciaron algunas frases en treinta lenguas diferentes. Se organizó de la siguiente manera: el hombre fue a la primera per­sona y ésta dijo la primera palabra de su frase. Entonces fue a otra persona y ésta dijo la primera palabra de su frase, en otro idioma. Entonces fue a la tercera. De este modo fue a las treinta personas. Luego volvió a la primera persona, que dijo su segun­da palabra. Y así con todos los demás; muchas vueltas, tomó mu­chas horas. Y al fin él repitió todas las frases una por una.      
El gobernador general estaba completamente asombrado. No se lo podía creer.    
  
 Pero este hombre enloqueció.

 Tanta memoria es peligrosa. Este tipo de persona es casi siem­pre idiota. Demasiada memoria no es un buen signo; simplemen­te demuestra que tienes una mente mecánica. No es un signo de inteligencia. Por eso escuchas muchas historias sobre los despis­tes de grandes científicos, filósofos. Son gente de una gran me­moria. Una gran inteligencia no tiene nada que ver con una gran memoria. La memoria es mecánica, la inteligencia no es mecáni­ca; son totalmente diferentes.

Por eso no te preocupes, es bueno. La memoria se está rela­jando, muchas cosas desaparecerán, se creará un espacio en ti. Y en este espacio serás capaz de volverte más brillante, más inteli­gente, más comprensivo. Inteligencia significa comprensión; memoria significa cualidad, una cualidad mecánica de repeti­ción. Los loros tienen buena memoria. No te preocupes de tu me­moria. Al principio sucede porque has acumulado mucha basura y cuando meditas esa basura comienza a desaparecer, a despren­derse.

 Y me siento como un niño estúpido.

 Ese es el camino, el camino del reino de Dios. Lao Tzé dice: «Actúa como un idiota en este mundo de modo que puedas en­tender los caminos ilógicos del Tao». Jesús dice: «Sé como un niño; porque sólo aquellos que son como niños serán capaces de entrar en el reino de los cielos». No te preocupes de esas cosas; lo no esencial se está desprendiendo. Siéntete feliz y agradecido. Una vez que la basura se ha caído, surgirá lo real; lo no esencial se ha ido, lo esencial surgirá. Éste es el modo de alcanzar tu pro­pio origen.

 Pero muchas veces te asustarás porque estás perdiendo tu asi­dero en todo aquello que habías valorado hasta ahora. Pero pue­do decirte sólo una cosa: he recorrido el mismo camino y he pa­sado a través de las mismas fases. Son fases, vienen y van. Y tu consciencia se volverá más y más refinada, virgen, pura, inco­rrupta. Esa consciencia incorrupta es la divinidad.

 Basta por hoy.


Osho Zen
Osho Zen 





Fuente: Osho/Bhagwan Shri Rajnísh/es.wikipedia.org/
Fuente: www.oshogulaab.com