YOGA

YOGA
Nadie gustará de que sean engreído y egoísta. Incluso cónyuge e hijos, aunque exteriormente aparenten respetarles, no estarán felices con ustedes, si son ustedes personas arrogantes. No sólo eso: en tanto ustedes estén llenos de ego, es altamente improbable que sean realmente felices.

Locos y devotos - Zen - Osho

La primera pregunta:

¿Cuál es la diferencia entre un loco y un devoto?


 No demasiada. Y a la vez mucha. Ambos están locos, pero su locura tiene una cualidad totalmente diferente; el centro de la lo­cura es diferente. El loco está loco desde la cabeza; el devoto está loco desde el corazón.

 El loco está loco debido a un fracaso. Su lógica ha fracasado. No pudo permanecer en la cabeza más tiempo. Llega un momento para la mente lógica en que la crisis nerviosa es una necesidad por­que la lógica funciona bien hasta cierto límite, entonces de repente deja de ser real. En ese momento deja de ser fiel a la realidad.

 La vida es ilógica. Es salvaje. En la vida, las contradicciones no son contradicciones sino complementarios. La vida no cree en la división entre esto y lo otro, la vida cree en ambos. El día se convierte en la noche, la noche se convierte en el día. Se funden y se combinan, los límites no son claros. Todo está entremezcla­do con todo: tú estás entremezclado con tu amado, tu amado está entremezclado contigo. Tu niño es todavía parte de ti y a la vez es independiente. Los límites son borrosos.

 La lógica crea límites claros. Para mayor claridad, disecciona la vida en dos, en una dualidad. Se consigue claridad, pero se pierde vitalidad. A costa de la vitalidad la lógica consigue la claridad.

 Por eso, si eres una mente mediocre, puede que nunca enlo­quezcas. Esto significa que eres lógico a medias y que mucho de lo ilógico sigue existiendo en ti, lo uno al lado del otro. Pero si eres realmente lógico, el resultado final sólo puede ser la locura. Cuanto más lógico eres, más intolerante serás con cualquier cosa ilógica, y la vida es ilógica. Por eso, poco a poco, te harás intole­rante con la vida misma. Te cerrarás cada vez más. Negarás la vida, no negarás la lógica. Entonces al final te colapsarás: éste es el fracaso de la lógica.           
                                       
 Casi todos los grandes filósofos lógicos enloquecen. Si no en­loquecen, no son grandes filósofos. Nietzsche enloqueció, Ber­trand Russell nunca enloqueció. Él no es un filósofo tan grande; en cierto modo es mediocre. Continúa viviendo con su sentido común; es un filósofo con sentido común. Él no va hasta lo más extremo. Nietzsche fue hasta lo más extremo y, por supuesto, allí está el abismo.      
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 La locura es el fracaso de la cabeza, y en la vida hay millones de situaciones donde de repente la cabeza carece de importancia.

Estaba leyendo una anécdota:

Una mujer telefoneó al constructor de su nueva casa para que­jarse de las vibraciones que hacían temblar la estructura cuando pasaba el tren, tres calles más allá.
-¡Ridículo! -le dijo-. Pasaré para comprobarlo.            
-Espere hasta que el tren pase por aquí, -dijo la mujer cuan­do el constructor llegó para la inspección-. Porque casi me tira de la cama. Túmbese ahí. Verá.
El constructor acababa de estirarse en la cama cuando llegó a casa el marido de la propietaria.
-¿Qué está usted haciendo en la cama de mi mujer? -pregun­tó el marido-.
El aterrorizado constructor tembló como una hoja.
-¿Se lo creerá si le digo que estoy esperando al tren? –le dijo-.

 Hay mil y una situaciones en las que la vida se presenta con toda su ilógica. De repente tu mente lógica se detiene, deja de funcionar. Si observas la vida te darás cuenta de que estás ac­tuando ilógicamente cada día. Y que si insistes demasiado en la lógica, poco a poco te quedarás paralizado; poco a poco te irás alejando de la vida; poco a poco sentirás cómo se asienta en ti una cierta sensación de muerte. Un día u otro esta situación tiene que explotar: la división o/y la crisis nerviosa.

Zen Osho
Zen Osho 


 Esta división, en sí misma, es falsa. En la vida no hay nada di­vidido. La división sólo existe en tu cabeza; los límites claramente delimitados sóló existen en tu cabeza. Es como si haces un peque­ño claro en el bosque; limpio, limitado por un muro, con césped, con algunos rosales, y todo en perfecto orden. Pero más allá de los límites está el bosque, esperando. Si no te ocupas del jardín duran­te unos días, el bosque entrará. Si dejas el jardín desatendido, des­pués de un tiempo el jardín desaparecerá y el bosque regresará. La lógica está hecha por el hombre, igual que un jardín inglés -ni si­quiera como el jardín Zen japonés, bien definido-.

 Cada día hay un problema. .. Mukta se ocupa de mi jardín. Es mi jardinera, y no hace más que podar. Yo sigo diciéndole: «¡No cortes! Déjalo crecer como un bosque!». Pero ¿qué puede hacer ella? Me oculta que está podando, planeando y organizando por­que no puede permitir que el jardín se convierta en un bosque. Debe de estar dentro de unos límites.

 La mente lógica es como un pequeño jardín, hecho por el hombre, y la vida es un bosque salvaje. Más pronto o más tarde irás en contra de la vida y entonces tu mente quedará boquiabier­ta, caerá de bruces. Lleva tu mente hasta el extremo de la lógica y te volverás loco.

 Sucedió en un aeropuerto: Moskowitz se encontró con su ri­val en los negocios, Levinson, en el aeropuerto, y le preguntó con aires de fingida casualidad:
-¿Y adónde vas, Levinson?
Éste en el mismo tono casual, respondió:
-Chicago.
-¡Ah! -dijo Moskowitz, blandiendo triunfalmente un dedo-.
¡Te acabo de pillar en una mentira flagrante. Me dices Chicago porque quieres que piense que vas a San Luis, pero hablé con tu socio esta misma mañana y sé que vas a Chicago, mentiroso!

 La mente lógica no para de tejer e hilar sus propias teorías, sus propias ideas, y trata de hacer que la realidad se ajuste a ellas. La realidad debe de coincidir con tus ideas: así es una mente lógica. Te esfuerzas en que la realidad sea una consecuencia de tu ideo­logía. Pero esto no es posible, estás intentando lo imposible. Es inverosímil, no puede suceder. La ideología tiene que ajustarse a la realidad, y cuando llega la situación en que tienes que ajustar­te a la realidad, toda la estructura de tu mente vacila, toda la es­tructura de tu mente simplemente se cae. Demuestra ser un casti­llo de naipes. Un pequeño viento de realidad y el palacio desaparece. Eso es la locura.

 ¿En qué consiste la locura de un devoto? El centro de la locu­ra del devoto es su corazón, el centro de la locura ordinaria es la cabeza. La locura ordinaria ocurre a partir del fracaso de la cabe­za y la locura del devoto ocurre a partir del éxito de su corazón. Cuando la lógica fracasa, locura ordinaria; cuando el amor triun­fa, locura extraordinaria: la locura del devoto.

 El amor es ilógico. El amor es irracional. El amor es vida. El amor contiene todas las contradicciones en sí mismo. El amor es capaz incluso de contener su opuesto, el odio. ¿No lo has obser­vado? Sigues odiando a la misma persona a la que amas. Pero el amor es más grande. Es tan grande que incluso se le puede per­mitir al odio desempeñar su papel. De hecho, si realmente amas, el odio no es una distracción; al contrario, le da color, sabor. Hace todo el asunto más colorido, como un arco iris. 

 Incluso el odio no es el opuesto de un corazón amoroso: él puede odiar y seguir amando. El amor es tan grande que incluso puede permitir al odio que tenga su propia voz. Los amantes se convierten en ínti­mos enemigos, no dejan de luchar.

 De hecho, si preguntas a los psicoanalistas, psiquiatras y psi­cólogos, te dirán que cuando una pareja deja de luchar, el amor también se detiene. Cuando una pareja no se preocupa ya ni de luchar, se han vuelto indiferentes con el otro, el amor se ha dete­nido. Si todavía luchas con tu esposa o tu marido, tu novio o tu novia, eso demuestra que todavía hay vida en ello. Es como un cable eléctrico, todavía da calambre. Cuando el amor ya no está allí y todo está muerto, no hay lucha. iPor supuesto! ¿Para qué luchar? Carece de significado. Uno se asienta en una especie de frialdad; uno se asienta en una especie de indiferencia.

 El amor es como la vida salvaje, por eso cuando Jesús dice que Dios es amor, ¿qué quiere decir? Quiere decir que si amas conocerás muchas cosas que son atributos de Dios: que el contie­ne los opuestos, que incluso al diablo se le permite decir algo, que no hay problemas con el opuesto, que el enemigo también es el amigo y que en el fondo están relacionados y conectados, que la muerte no está en contra de la vida, sino que la muerte es par­te de la vida y ésta parte de la muerte.

 La totalidad es más grande que todos los opuestos. Y no es sólo la suma de los opuestos, es más que la suma. Éstas son las matemáticas más elevadas, las matemáticas del corazón. Por su­puesto, un hombre de amor parecerá un loco. Te parecerá loco porque tú funcionas desde la cabeza y él funciona desde el cora­zón; los idiomas son totalmente diferentes.

 Por ejemplo, Jesús fue crucificado. Sus enemigos estaban es­perando que él los insultara, estaban un poco asustados. Los ami­gos estaban esperando que hiciera algún milagro y que todos sus enemigos cayeran muertos. ¿Y qué es lo que hizo? Hizo algo pro­pio de un loco: rezó a Dios para que perdonara a esa gente por­que no sabían lo que estaban haciendo. Ésta es la locura del amor. No se espera que cuando te están matando reces para que esas personas sean perdonadas porque no saben lo que hacen. Son completamente inconscientes, sonámbulos; no son responsables de nada de lo que están haciendo, porque ¿cómo puedes cargar la responsabilidad a alguien que está dormido.? Son inconscientes, perdónalos. Éste es el milagro que sucedió aquel día, pero nadie pudo verlo; fue una absoluta locura.

 El idioma del amor es extraño a la cabeza. Ésta y el corazón son los polos opuestos de la realidad. No existe una distancia más grande entre dos puntos como la que hay entre la cabeza y el co­razón, la razón y el amor, la lógica y la vida. Si una persona está loca de amor, su locura no es una enfermedad. De hecho, es la única persona sana. Es la única persona total; es la única persona sagrada, porque a través de su corazón de nuevo se ha unido a la vida. Ahora ha dejado de luchar, se acabó el conflicto.

Se ha rendido, se ha dejado ir. Confía en la vida. Tiene fe y sabe que nada malo va pasarle. No tiene miedo. Incluso en la muerte se irá riendo y cantando, extático, porque incluso en la muerte Dios le está esperando. La muerte también se vuelve una puerta. Por supuesto, para la mente lógica, este hombre parece un loco. Y está loco, en cierto modo, todo lo que está haciendo está más allá de la comprensión de la razón. Para mí no está loco. Pre­gúntale a Jesús: para él no está loco; pregúntale a Buda: para él no está loco. De hecho, es la única persona sana, porque ya no piensa, vive; ahora ya no está dividido, sino que es total; ahora para él no existe la dualidad, es una unidad.

 Ése es el significado de la palabra yoga: "aquello que une". Ese es el significado también de la palabra religión: "aquello que te unifica, aquello que te reunifica"; re-ligare; ya no estás dividido.

 Por otra parte, normalmente no eres una sola persona, eres muchas personas. Eres una muchedumbre. No sabes qué es lo que está haciendo tu mano izquierda y qué es lo que tu mano de­recha está planeando hacer. Por la mañana no sabes qué vas a ha­cer por la tarde. Dices una cosa pero querías decir otra, y segui­rás diciendo algo distinto de lo que piensas. No eres una unidad. Eres una multitud. Hay muchas personas dentro de ti dando vuel­tas en una rueda, y cada una, por un momento, es el rey. Y en ese momento el rey promete cosas que no puede cumplir porque para cuando llega el momento de cumplir ya no es el rey.

 Te enamoras de una mujer y le dices: “Te amaré para siem­pre”. ¡Espera! ¿Qué estás diciendo? Ahora, en este momento, una parte de tu personalidad está en el trono y esa parte dice: «Te amaré para siempre», pero en sólo media hora puede que te arre­pientas. Y en sólo unos días, puede que te hayas olvidado com­pletamente de lo que has dicho.

 La mujer no va a olvidarse, se acordará. Te recordará una y otra vez lo que dijiste, que la ibas a querer para siempre, y ¿qué le ha sucedido a tu amor? Te sentirás culpable e impotente y de­sesperado porque no puedes hacer nada. Ahora sabes que no de­berías haber hablado acerca del futuro, pero en aquel momento no pudiste resistirlo; en aquel momento parecía que la amarías para siempre. En ese momento era verdad, pero la parte de la mente que lo afirmaba ya no es el emperador. Ahora hay otras mentes: en el trono está sentada otra parte de ti que ama a otra mujer, que escoge a otra mujer. No importa lo que prometas por­que no vas a cumplirlo.

 Un hombre de comprensión nunca promete porque sabe que es inútil. Dirá: «Me gustaría amarte para siempre, pero ¿quién sabe? Podría no sentir lo mismo mañana». Se sentirá humilde, no se sentirá muy seguro. Sólo los locos se sienten seguros. Las per­sonas de comprensión dudan porque saben que tienen una mu­chedumbre en su interior, que no son uno.

 Por eso, en las viejas escrituras se dice que si surge un buen pen­samiento en tu mente debes realizarlo inmediatamente, porque en el próximo momento quizás no te guste llevarlo a cabo. Y si surge un mal pensamiento, pospónlo un poco. Si algo bueno surge en ti, no pierdas la oportunidad. ¡Hazlo! Si sientes que es bueno puedes vol­ver a hacerlo mañana, pero hazlo ahora mismo no lo pospongas. Pero la mente ordinaria sigue haciendo justo lo contrario: cualquier cosa buena que surge en ti la dejas para mañana -luego nunca lo.ha­ces-; y cualquier cosa mala que surge en ti, la haces inmediatamen­te. Si estás enfadado, te enfadas ahora mismo, no lo puedes pospo­ner.

 Pero si sientes compasión, te dices: «¿Qué prisa tengo?
Mañana». Ese mañana nunca llega. El mañana no existe.
Normalmente, una persona es una muchedumbre. De hecho, no deberíamos usar la palabra "mente" en singular. No debería­mos decir que tienes mente, es un error. Raramente una persona tiene una mente. Tú tienes mentes. Eres poli-psíquico.

 El corazón -esa es la belleza-, el corazón siempre es uno. No conoce la dualidad. No es una muchedumbre. Es una unidad. Cuanto más te acercas al corazón, la "unidad" aparece y la "mul­tiplicidad" desaparece a lo lejos. El corazón no necesita prome­sas, porque incluso sin prometer va a cumplir.

La mente sigue haciendo promesas, pero nunca las cumple. De hecho, promete sólo para crear una ilusión, porque sabe que no va a cumplir nada. Por eso, al prometer, por lo menos crea una ilusión. «Te amaré para siempre». El corazón nunca dirá eso, pero lo hará. Y cuando lo puedes hacer, ¿qué sentido tiene el de­cirlo? No hay necesidad.

 El hombre de amor está loco, loco para la mente lógica, pero no está enfermo. En los manicomios occidentales, hay mucha gente que no está loca. Si estuvieran en los países orientales has­ta podrían haber sido venerados. En Occidente no existe todavía la claridad para distinguir entre un loco de la cabeza y un loco del corazón. Éste último no es un loco, es un hombre de Dios; o está loco de un modo tan diferente que necesita que lo adoren, lo ve­neren, lo respeten. No es necesario tratarlo, no es necesario inter­narlo en un manicomio, no es necesario aplicarle electroshocks. Pero estas cosas siempre se llevan al extremo, siempre.

 En Oriente ha sucedido que muchos locos han sido venera­dos; eran locos de la cabeza. Estaban sencillamente locos; pero fueron venerados porque hemos venerado locos del corazón y es muy complicado para la masa común y ordinaria distinguir a unos de otros. Son casi idénticos.

 Ahora en Occidente está sucediendo lo opuesto: aquéllos que habrían sido santos en el pasado... piénsalo, si Jesús viniera, na­ciera hoy en día en América, ¿dónde estaría? O san Francisco de Asís, ¿dónde estaría? En algún manicomio. Los judíos trataron muy bien a Jesús: lo mataron, pero nunca lo metieron en un ma­nicomio. Eso fue más respetuoso. Pero ahora, en el mundo mo­derno, si él volviera a algún lugar en Occidente, acabaría en un manicomio, o tumbado en algún diván freudiano, recibiendo electroshocks, drogado. Porque el psicoanalista dice que era un neurótico, que su personalidad era neurótica, que estaba loco. Por supuesto las cosas que decía parecían locuras. Decía: «Soy el Hijo de Dios». ¡Qué tontería! ¿Hijo de Dios? ¡Megalomanía! ¿De qué está hablando? No está en sus cabales, vive en un sueño. Habla del reino de Dios -tonterías, cuentos de hadas; bueno para un -libro de niños, pero inmaduro-. Él escogió un momento me­jor para venir.

 San Francisco de Asís estaría con toda seguridad en un mani­comio. Hablaba con los árboles, le decía al almendro: «Hermano, ¿cómo estás?». Si estuviera aquí lo habrían encerrado: ¿Qué ha­ces? ¿Hablando con un almendro? «Hermano, cántame a Dios, -le decía al almendro.» Y esto no era todo, ¡además escuchaba la can­ción que su hermano el almendro le cantaba! ¡Estaba loco! Nece­sitaba tratamiento. Le hablaba al río y al pez, y presumía de que el pez le contestaba. Hablaba con las piedras y con las rocas. ¿Se ne­cesitan muchas más pruebas para concluir que estaba loco?

 Estaba loco, ¿pero no te gustaría estar tan loco como san Francisco de Asís? Piénsalo: la capacidad de escuchar al almendro cantando, y un corazón que puede sentir a los árboles como hermanos y hermanas, un corazón que puede hablarle a la roca, un corazón que ve a Dios en cualquier lugar, por todas partes, en cada forma. Éste debe de ser un corazón lleno de amor supre­mo. El amor absoluto te revela ese misterio.

 Pero para la mente lógica, por supuesto, estas cosas son ton­terías. Para mí, o para cualquiera que ha sabido cómo mirar la vida a través del corazón, éstas son las únicas cosas llenas de sig­nificado. Enloquece, si puedes, enloquece del corazón.

Ahora la última cuestión sobre esta pregunta: si tu cabeza lle­ga al colapso, no te preocupes. Usa esta oportunidad de vivir un estado desestructurado. En ese momento, no te preocupes por qué te estás volviendo loco; en ese momento, entra en tu corazón.

 Algún día en el futuro, cuando la psicología realmente madu­re, siempre que alguien se vuelva loco de la cabeza le ayudaremos para que vaya hacia el corazón. Porque en ese momento se pre­senta una oportunidad: el colapso se puede convertir en avance. Ya no está la vieja estructura, ya no se encuentra en las garras de la razón, por un momento es libre. La psicología moderna intenta reajustarlo de nuevo a la vieja estructura. En la actualidad todos los esfuerzos son de adaptación: cómo hacerlo otra vez normal. La psicología real hará algo diferente. La psicología real usará esta oportunidad, porque cuando la mente vieja desaparece, deja un vacío. Usará ese intervalo y lo dirigirá hacia la otra mente: esto es, hacia el corazón. Lo dirigirá hacia otro centro en su ser.

 Cuando conduces un coche cambias de marcha. Siempre que cambias de marcha, llega un momento en el que la palanca pasa por punto muerto; tiene que pasar por punto muerto. Punto muer­to significa que no hay ninguna marcha puesta. De una marcha a otra, hay un momento en el que no hay ninguna. Cuando la men­te ha fracasado, estás en punto muerto. Estás otra vez como si acabaras de nacer. Usa esta oportunidad y aleja tu energía de la vieja y podrida estructura que se está cayendo. Deja la ruina, en­tra en el corazón. Olvida la razón y deja que el amor sea tu cen­tro, tu objetivo. Cada caída puede convertirse en un avance, y cada posibilidad de fracaso para la cabeza puede convertirse en una de éxito para el corazón, el fracaso de la cabeza puede con­vertirse en un éxitó para el corazón.

La segunda pregunta:


Una vez en un darshan oí que le decías a un visitante que  él sería un buen sannyasin. ¿Qué es un buen sannyasin?


 Primero: ¿qué es un sannyasin?
Un sannyasin es aquel que ha llegado a entender la trivialidad de lo así llamado vida mundana. Un sannyasin es aquel que ha en­tendido una cosa: que tiene que hacer algo inmediatamente con su propio ser. Si sigue dejándose ir como hasta ahora, perderá la oportunidad que le está brindando esta vida. Un sannyasin es aquel que se ha dado cuenta de que ha vivido erróneamente hasta ahora; ha tomado direcciones equivocadas, ha estado demasiado preocupado con cosas y no se ha preocupado de sí mismo, se ha preocupado demasiado del poder y el prestigio mundanos y no se ha preocupado de saber quién es él. Un sannyasin es aquel que está dando un giro hacia sí mismo, paravritti. Un sannyasin es un milagro: la energía está regresando hacia uno mismo.

 Normalmente, la energía se aleja de ti hacia cosas, hacia me­tas, hacia lo mundano. La energía se aleja de ti, por eso te sientes vacío. La energía se aleja, nunca regresa; la sigues malgastando. Poco a poco, te sientes disoluto; frustrado. Nada vuelve. Te em­piezas a sentir cada vez más vacío, la energía se está simplemen­te agotando día a día. Y entonces llega la muerte, que no es otra cosa que estar agotado y consumido. El milagro más grande en la vida es entender esto, y reconducir la energía hacia casa. Es un giro hacia el interior. Este giro, paravritti, es sannyas.

 No es que vayas a abandonar el mundo. Vives en él; no es ne­cesario que dejes nada o vayas a otro lugar. Vives en el mundo, pero de un modo totalmente diferente. Ahora vives en el mundo pero permaneces centrado en ti mismo, tu energía vuelve a ti.

 Ya no estás yendo hacia afuera, ahora vas hacia adentro. Por supuesto te conviertes en una fuente de energía, en un depósito, y la energía es felicidad, ¡es pura dicha! Allí sólo hay energía des­bordándose, y estás dichoso, puedes compartirla y puedes darla en amor. Ésta es la diferencia. Si pones tu energía en la avaricia nunca vuelve; si pones tu energía en el amor, vuelve multiplica­da por mil. Si pones tu energía en la rabia, nunca vuelve. Te deja vacío, agotado, consumido. Si usas tu energía en la compasión, te vuelve mil veces aumentada.

 Ahora te diré lo que es un buen sannyasin. Un buen sannya­sin es aquel que ha entendido esta ley de vida tan fundamental: da ámor y te vuelve aumentado mil veces. Da rabia y se va para siempre; da avaricia y se va para siempre. Comparte y nunca se va, por el contrario, te enriqueces.      
Cuando digo un "buen sannyasin" no quiero decir un sannya­sin moral o inmoral; mi palabra "bueno" no tiene nada que ver con la moralidad. Tiene que ver con lo que el Buda llama ais dhammo sanantano, lo que el Buda llama la ley eterna de la vida.

 Un hombre bueno es un hombre de comprensión. Un hombre bueno está alerta, consciente, eso es todo. La consciencia es para mí el único valor, todo lo demás carece de significado. La cons­ciencia es para mí el único valor, por eso cuando digo un "buen sannyasin", quiero decir un sannyasin que es consciente. Por su­puesto, cuando eres consciente, te comportas conforme a la ley, la ley fundamental. Cuando eres inconsciente, te estás destruyen­do a ti mismo, estás siendo un suicida.

 Si te comportas de acuerdo a la ley fundamental, te enrique­cerás tremendamente. Tu vida se irá enriqueciendo por momen­tos: Te convertirás en un rey. Podrías continuar siendo un mendi­go en el mundo externo, pero te convertirás en un rey, en una cumbre de riqueza interna. Lo que Jesús llama el reino de Dios estará en tu interior. Te convertirás en el rey de ese reino que hay en tu interior, pero se necesita más consciencia.

Zen Osho
Zen Osho 


 De modo que no me mal interpretes. Cuando digo un "buen sannyasin", no estoy usando esta palabra en un sentido morali­zante. La estoy usando en su sentido más fundamental, porque para mí la moralidad es sólo un resultado de la consciencia, y la inmoralidad es una sombra de la inconsciencia.       ­
No estoy interesado ni en sombras ni en resultados; estoy interesado en lo fundamental, en lo esencial.

 Sé consciente y serás bueno, sé inconsciente y serás malo.
He escuchado una pequeña anécdota.
Un viejo granjero estaba observando a su joven hijo, Luke, encender la mecha de un quinqué antes de salir por la noche.
-¿Para qué es esa luz -preguntó-.
El hijo respondió:
-Me voy a conquistar a alguna mujer papá, no te preocupes.-
¡Vaya! -dijo el padre-. Cuando yo salía a rondar mujeres, nunca me llevaba una lámpara conmigo, hijo.
-Ya se nota -respondió- ¡Mira lo que conseguiste!
Si no llevas contigo la lámpara de la consciencia, vas a crear un infierno a tu alrededor. Enciende tu lámpara, no importa a donde vayas; a cortejar a una mujer o a otra cosa, ese no es el asunto. Adonde vayas, en todo lo que hagas, lleva siempre tu luz interior, tu consciencia.

 Y no te preocupes de moralidades, de conceptos sobre lo que es bueno o es malo. Lo bueno le sigue a tu luz interior como una sombra. Tu ocúpate de tu luz interior.  
  
 Esto es meditación: permanecer más alerta. Vive la misma vida, sólo cambia tu consciencia, hazla más intensa. Come la misma comida, recorre el mismo camino, vive en la misma casa, permanece con la misma mujer y los niños, pero cambia total­mente en tu interior. ¡Estáte alerta! Recorre el mismo camino, pero con consciencia. Si te haces consciente, de repente el cami­no ya no es el mismo, porque tú ya no eres el mismo. Si eres consciente, tu comida ya no es la misma, porque tú no eres el mismo; tu mujer ya no es la misma, porque tú no eres el mismo. Todo cambia cuando tu interior cambia.

 Si alguien cambia su interior, el exterior cambia totalmente. Mi explicación de este mundo es que tú debes de estar viviendo en una profunda oscuridad interior, por eso este mundo. Si en­ciendes tu lámpara interna, de repente el mundo desaparece, y sólo existe Dios. El mundo y Dios no son dos cosas distintas, sino dos percepciones de la misma energía. Si eres inconsciente, la energía se te presenta como el mundo, el sansara; si estás aler­ta, esta misma energía se te presenta como divinidad. Todo de­pende de tu consciencia o de tu inconsciencia interior. Ése es el único cambio, la única transformación, la única revolución pen­diente.

La tercera pregunta:


Me siento enfermo de cobardía.


Debe de existir el deseo de no ser un cobarde: este deseo está creando el problema. Si eres un cobarde, eres un cobarde. Acép­talo. ¿Qué puedes hacer al respecto? Cualquier cosa que hagas creará más problemas, más líos.

¿Y quién no es cobarde? Cuando la vida está en constante pe­ligro de muerte, ¿cómo es posible no ser un cobarde? ¡Es impo­sible! Cuando en cualquier momento puedes morir y la vida te puede ser arrebatada, ¿cómo es posible, frente a ese peligro, ser valiente? Puedes fingir, puedes arreglártelas para parecer que eres valiente, pero en lo más profundo seguirás siendo un cobar­de. Es natural. Sólo tienes que mirar la fragilidad de los seres hu­manos: somos tan minúsculos y esta existencia es tan vasta. No somos ni gotas luchando en contra de este océano. ¿Cómo es po­sible no ser cobarde?

 Trata de entenderlo. Acéptalo. Es natural. No crees ningún ideal en su contra porque ese ideal está surgiendo de tu cobardía. Ese ideal no te va a ayudar. Como mucho te puedes poner muy tenso y fingir que no eres un cobarde. Te puedes ir al extremo opuesto sólo para probarte a ti mismo y al mundo que no eres un cobarde.

 Eso es lo que están haciendo vuestros generales y vuestros grandes líderes, tratar de demostrar al mundo que no son unos cobardes. Y por culpa de sus esfuerzos, el mundo entero ha sufri­do muchísimo.

 Por favor, no intentes ninguna tontería como ésa. Sólo acépta­lo. Es impotencia. Uno tiene que aceptarlo. Una vez que lo acep­tas y comienzas a entenderlo, verás que poco a poco desaparece. No es que te vayas a convertir en un valiente, lo que ocurre es que un día sencillamente encuentras que a través de la aceptación la sensación de impotencia desaparece.

 No hay lucha, desaparece. No hay resistencia; aceptas y desa­parece. No es que te hayas convertido en un valiente, sencilla­mente te vuelves más comprensivo. La valentía no es un ideal, pero te han dicho desde tu más tierna infancia: «¡Sé valiente!», y por eso tratas de serlo. Eso crea mucha ansiedad y tensión. Estás temblando en todo tu interior y en el exterior eres como un esta­tua de piedra, estás dividido. Esto ha creado en ti mucha miseria.

 Los ideales que te han enseñado desde tu niñez son ridículos, sencillamente no se basan en la realidad. Es como decirle a la ho­jita de un árbol: «Cuando sople fuerte el viento, no te agites, no te muevas, no tiembles, eso es una cobardía». Pero ¿qué puede hacer una hojita? Cuando sopla fuerte el viento, tiembla, todo el árpol se estremece. Pero lo árboles no son tan necios, no te harán caso, ellos siguen a lo suyo.

 ¿Has observado a dos perros luchando? No empiezan a luchar inmediatamente. Primero comienzan una lucha simulada, ladran. Esto es sólo un juego para medirse, para decidir quién es el más fuerte. No van a luchar inmediatamente porque eso es absurdo, estúpido; eso sólo lo hacen los humanos. Primero prueban a la­drarse mutuamente, se tiran uno encima de otro, muestran su to­talidad; uno mostrará: «Yo soy esto», y el otro mostrará: «Yo soy esto». A continuación, inmediatamente resuelven: esa resolución es suficiente para convencerlos. Pronto el que siente que es más débil mete el rabo entre las patas y se va: «Se terminó. ¿Qué sen­tido tiene luchar? iSoy más débil, tú eres más fuerte, y va a ganar el más fuerte! Ya no tiene sentido». No es que sea un cobarde; simplemente es sabio. Yo a eso no le llamo cobardía.

 Los seres humanos insistirán, incluso sintiendo que son más débiles. Cuanto más débil te sientes, más miedo te dará irte. La gente dirá que eres un cobarde, por eso debes luchar... Y serás golpeado de mala manera y herido innecesariamente. No tiene sentido. Es un cálculo simple. Y el más fuerte no va a enseñar a los otros perros que ha ganado. No, todo el asunto se queda ahí. Él también sabe que es el más fuerte; por eso, ¿qué sentido tiene? No va por ahí anunciando que ha ganado. No, la lucha se aban­dona y él se olvida de todo.

 Pero en la situación humana todo el asunto ha tomado una for­ma muy equivocada, porque se enseñan ideales erróneos. Se de­bería enseñar a cada niño a ser auténtico con la vida. Si hay mie­do, ten miedo. ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué fingir que no estás asustado? Si quieres llorar, llora. ¿Por qué tenerle miedo a las lá­grimas? Pero se nos ha enseñado a no llorar, particularmente a los hombres. A los niños pequeños la madre les dice: «No seas mariquita. No empieces a llorar. Eso es de niñas». Y el niño se endurece. Fíjate... los hombres no pueden llorar. Se han perdido una de las cosas más hermosas en la vida. La naturaleza no hace ninguna diferencia entre hombre y mujer. El hombre tiene tantas glándulas lacrimales como la mujer, luego está probado, no hay diferencia. Las lágrimas son necesarias. Son una limpieza. Pero, ¿cómo vas llorar? ¿Qué dirá la gente? Dirán: «¿Tú llorando? ¿Se ha muerto tu esposa y estás llorando? Sé un hombre. Sé valiente. Plántale cara. No llores».

 Pero ¿lo entiendes? Si no lloras, poco a poco tu sonrisa se co­rromperá, porque todo está unido. Si no puedes llorar, no puedes reír. Si no permites a tus lágrimas fluir con naturalidad, no serás capaz de permitir que tu sonrisa fluya naturalmente. Todo pierde su frescura, todo se hace tenso. Todo se convierte en algo forza­do, te moverás de un modo casi enfermizo y nunca estarás a gus­to contigo mismo. Esto es lo que ha pasado, y ahora te sientes mi­serable.

 La vida consiste en fluir. Si eres cobarde, se un cobarde. Se honestamente cobarde. Y yo te lo digo: no hay nadie que no sea cobarde. Y está bien que la gente no sea así; de otra manera, aun cuando se sienten impotentes, se sentirían egoístas. Si no fueran cobardes, serían casi piedras muertas: no estarían vivos, serían sólo egos, congelados.   
                                                
 No te preocupes. Acéptalo. Si es así, es así, una realidad de la vida. Trata de entenderlo. Y no escuches a los demás; todavía es­tás siendo manipulado por los demás.
Estaba leyendo una anécdota.

La señora Jones perseguía a su marido en el zoo por entre la multitud blandiendo su paraguas y lanzando gritos de amenaza. El asustado señor Jones, advirtiendo que la cerradura de la jaula de los leones no estaba bien cerrada, abrió la puerta de un tirón y se precipitó dentro de la jaula; la cerró otra vez de un portazo, empujó al asombrado león con fuerza contra la puerta y se asomó cuidadosamente por encima de su hombro.  
                                                              
 Su frustrada esposa, señalándolo furiosa con el paraguas chilló:
-¡Sal de ahí, cobarde!            
Este hombre ¿un cobarde?
Pero todo marido es un cobarde a los ojos de su esposa. A los ojos de los demás, eres un cobarde. No te fíes demasiado de la opinión de los otros. Si tú mismo sientes que eres un cobarde, cierra los ojos, medita sobre ello. El noventa y nueve por ciento es la opinión de los demás: la esposa blandiendo su paraguas, «¡Sal de ahí, cobarde!». El noventa y nueve por ciento es la opi­nión de los demás, déjalo caer; el uno por ciento es la realidad, acéptalo; y no te crees ningún ideal antagonista. Acéptalo, y en­tonces verás que la cobardía deja de ser cobardía. Recházalo, y se convierte en cobardía. La misma palabra "cobarde" es condena­toria: aceptada se convierte en humildad, en imposibilidad.

 Así es. Tenemos que ser humildes: no somos la totalidad. So­mos parte de una totalidad muy vasta, partes diminutas, partes atómicas, pequeñas hojas de un gran árbol.

 Es bueno temblar a veces. No hay nada malo en ello. Te ayu­da a sacudirte el polvo. Te renueva.
Lo que quiero decir es: acepta la vida como es y no trates de convertirla en otra cosa. No intentes convertir tu violencia en no violencia; no intentes convertir tu cobardía en valentía; no inten­tes convertir tu sexo en celibato. No crees el opuesto. En vez de eso, trata de entender la realidad de la violencia, y poco a poco te volverás no violento. Entiende la realidad de la cobardía, y la co­bardía desaparecerá. Entiende la realidad del sexo, y encontrarás que surge en él una nueva cualidad, que va más allá.
Pero siempre sigue la corriente de los hechos, nunca vayas en contra.

La cuarta pregunta:


Mi padre está obsesionado con la genealogía.¿Hay algo en esta búsqueda?


 Debe de haberlo, de otra manera ¿por qué debería tu padre estar obsesionado? Podría haber tomado el camino equivocado, pero debe de haber algo en ello. Incluso cuando la gente se equivoca lo hace por alguna razón, aunque podrían no ser cons­cientes.

  Déjame que te cuente una anécdota.

  El joven Willie, con ocho años, fue a su padre una mañana y le preguntó:
-Papá: ¿de dónde vengo?
El padre de Willie sintió una punzante sensación en su estó­mago porque sabía que en ese momento estaba contra las cuer­das. Era un padre moderno y se dio cuenta de que una pregunta como esa merecía una respuesta franca y completa. Encontró un lugar tranquilo y durante la siguiente media hora adoctrinó cui­dadosamente a Willie en los eufemísticamente llamados "hechos de la vida", arreglándoselas para ser bastante explícito.
Willie escuchó con fascinada absorción, y cuando terminó, el padre dijo:
-Bien, Willie, ¿responde esto a tu pregunta?
-No -dijo Willie -en absoluto. Johny Brown viene de Cincin­natti, ¿de dónde vengo yo?

 Si tu padre está interesado en la genealogía, ha malentendido su búsqueda. Ésta es una pregunta natural que está en el ser de todo el mundo: ¿de dónde venimos? ¿De dónde? ¿De qué origen? Ahora bien, si te metes en la genealogía, no estás yendo a ningún lugar. La pregunta básica es religiosa, no tiene nada que ver con la genealogía. La pregunta básica es: ¿quién es mi primer padre, o mi primera madre? La pregunta básica es: ¿cuál es el principio de todo esto? Ahora bien, esto no tiene sentido. Tengo un padre y mi padre tuvo un padre, y por supuesto esto sigue y sigue, y pue­des seguir buscando, puedes hacer un gran árbol genealógico con toda tu familia, pero no tiene sentido porque la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién fue el primero?

 Buscando en la genealogía, no puedes llegar al primero. La pregunta siempre permanecerá: ¿de quién? Puedo retroceder cien generaciones o mil generaciones, pero la pregunta que me plan­tearé será la misma, no se solucionará: ¿de dónde? ¿De dónde, de qué fuente ha surgido la vida?
Tu padre se ha equivocado. Él ha malinterpretado la búsque­da religiosa. Se ha creído que es una cuestión de genealogía. No lo es. La pregunta: «¿de dónde vengo?», hay que planteársela, porque sin conocer la respuesta, es imposible saber quién soy yo.

 Hay dos maneras de saberlo. Puedes preguntar: «¿De dónde vengo?» -como hacen los cristianos, los musulmanes y la reli­gión judaica-. Si sabes de dónde vienes, cuál es el origen primi­genio, que es Dios, entonces sabrás quién eres. Las religiones in­dias tienen una manera diferente de solucionarlo, un modo mejor y más científico. Hinduismo, jainismo- y budismo dicen que es complicado saber de dónde vienes. Existen más posibilidades de que te pierdas en pensamientos y doctrinas filosóficas. La mejor pregunta es: «¿Quién soy yo?». Si sabes esto, sabrás de donde has venido. Por eso dicen: «Olvida todo sobre Dios». No están preocupados por quién creó el mundo, están preocupados por: «¿quién soy yo?». De algún modo es más científico, porque si puedo entender la cualidad de mi ser, eso inmediatamente me da la llave para entender el todo, y qué es. Si puedo entenderme a mí mismo... Porque el origen debe seguir existiendo, de alguna ma­nera, dentro de mí. El árbol sigue existiendo en la semilla. Si pue­des entender la semilla, serás capaz de conocer el árbol; en el fru­to, sigue existiendo todo el árbol.

 Si nos podemos entender a nosotros mismos... Por supuesto, ésta es la mejor forma de abordar la pregunta, porque yo estoy más cerca de mí mismo que cualquier otra cosa: cierra los ojos y busca en ti mismo. El único problema es cómo librarse de los pensamientos, pero una vez que lo consigues empiezas a sumer­girte en tu ser. Ahí está la puerta al todo, al origen.

Cuando regreses a casa, dile a tu padre que la genealogía no le va a ayudar. Debe de haber alguna búsqueda religiosa en su inte­rior que él no a entendido. Una vez que se haya hecho conscien­te, su búsqueda estará en la línea correcta.

 Está sucediendo en Occidente porque la religión ya no es una búsqueda aceptada; es una búsqueda rechazada. Por eso la gente sigue realizando investigaciones religiosas a través de caminos recorridos por otros. No puedes aceptar directamente que estás buscando a Dios; ¡la gente pensará que te has vuelto loco! «Es una tontería. ¿De qué estás hablando? Estás desfasado. Dios ha muerto. ¿No te has enterado? ¿Qué estás haciendo?». Pero el de­seo de conocer el origen surge, y no puedes aceptarlo de una ma­nera religiosa, porque los modos religiosos ya no son aceptados por la mente moderna. Por eso tienes que buscarlo a través de ca­minos recorridos por otros. Entonces empiezas a preguntar sobre la genealogía.    

 La religión es una búsqueda válida; no importa si la sociedad la acepta o la rechaza. El hombre es un animal religioso y va a permanecer de ese modo. La religión es algo natural. Preguntar de dónde vienes es algo lleno de sentido; el preguntar: “¿Quién soy yo?” siempre va a ser algo lleno de sentido. Pero la mente moderna ha creado un clima de ateísmo, y estas preguntas no pueden hacerse. Si preguntas, la gente se ríe. Si hablas de esas cosas, la gente se aburre. Si empiezas a preguntar de ese modo, la gente piensa que estás dejando de estar sano. La religión ya no es una búsqueda que sea bien recibida.

 Díselo a tu padre. Y por supuesto, la genealogía seguirá sien­do una obsesión porque no es la búsqueda correcta; pero una vez que su consciencia salte a la dimensión religiosa, se liberará de la obsesión, y entonces algo es posible. Algo de tremenda impor­tancia es posible. Él quiere saber quién es el padre verdadero, quién ha engendrado esta existencia, o quién está haciendo toda­vía de madre.

La última pregunta...


Escucha cuidadosamente. Es muy im­portante.Osho, ¿Cómo consigues tener siempre la anécdota correcta en  el momento correcto?


 Deja que te responda con una anécdota:
Un rey, que pasaba por una pequeña ciudad vio lo que tomó por indicios de un extraordinario tirador. En los árboles, en los establos y vallas había muchas dianas, cada una con un agujero de bala exactamente en el centro. No podía creer lo que veían sus ojos. Era una puntería suprema, algo casi milagroso. Él mismo era un buen tirador y había conocido a muchos grandes tiradores en su vida, pero nada parecido a ese. Pidió reunirse con el exper­to. Resultó ser un loco.
-¡Es sensacional! ¿Cómo diablos lo haces? -preguntó al loco-.¡Yo mismo soy un buen tirador, pero nada comparado con tu habilidad y tu arte! Por favor, cuéntame.
-¡Tan fácil como un pastel! -dijo el loco y se rió ruidosamen­te-. Primero disparo, y luego dibujo los círculos alrededor!
¿Lo coges? Primero escojo las anécdotas, y luego ¡dibujo los círculos! Soy igual que ese loco.
Hay otra gente que usa las anécdotas para ilustrar un punto teó­rico. Yo hago justo lo contrario. Uso puntos teóricos para ilustrar anécdotas.

Basta por hoy.

Osho Zen
Osho Zen 



Fuente: Osho/Bhagwan Shri Rajnísh/es.wikipedia.org/
Fuente: www.oshogulaab.com