YOGA

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Nadie gustará de que sean engreído y egoísta. Incluso cónyuge e hijos, aunque exteriormente aparenten respetarles, no estarán felices con ustedes, si son ustedes personas arrogantes. No sólo eso: en tanto ustedes estén llenos de ego, es altamente improbable que sean realmente felices.

El Camino de la Inocencia - Osho

Ver con claridad que todo lo que conoces pertenece al pasado.


 La cuestión fundamental no es el coraje, la cuestión fundamental es que lo conocido es lo muerto, y lo desconocido es lo vivo. Agarrarse a lo conocido es como agarrarse a un cadáver. No necesitas tener valor para dejar de agarrarte, en realidad, necesitas tener valor para seguir agarrado. Fíjate simplemente... ¿Qué te ha dado lo que es familiar para ti, lo que has vivido? ¿Hasta dónde has llegado? ¿No sigues estando vacío? ¿No sientes un gran descontento, una frustración profunda y sin sentido? De alguna forma lo consigues, sigues escondiendo la verdad e inventas mentiras para seguir estando comprometido, implicado.

 Ésta es la cuestión: ver con claridad que todo lo que conoces pertenece al pasado, ya no existe; está en el cementerio. ¿Quieres estar en la tumba o estar vivo? Y esta pregunta no surge sólo hoy, sino que mañana y pasado mañana seguirá apareciendo. Seguirá estando hasta tu último aliento.

 Todo lo que conoces, todo lo que acumulas —información, conocimientos, experiencia— se termina en cuanto lo investigas. Acarrear palabras vacías, acarrear ese peso muerto, es oprimir tu vida; es una carga en tu vida que te impide adentrarte en un ser vivo, lleno de júbilo, que te espera en cada instante.
Practica Yoga Meditación
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El hombre de comprensión muere al pasado en cada instante y vuelve a nacer al futuro. Su presente siempre está transformándose, es un renacimiento, una resurrección. No es cuestión de valentía en absoluto, esto es lo primero que hay que entender. Es cuestión de claridad, de tener claro qué es qué.

 En segundo lugar, siempre que realmente se trata de una cuestión de valentía, nadie te la puede dar. No es algo que te puedan regalar. Es algo con lo que naces, pero no lo has dejado crecer, no has dejado que se asiente.

LA INOCENCIA ES CORAJE Y CLARIDAD, AMBAS COSAS. 


 Si eres inocente no necesitas tener coraje. Tampoco necesitas tener claridad, porque no hay nada tan claro y tan transparente como la inocencia. La cuestión es cómo proteger nuestra propia inocencia.
La inocencia no es algo que tengas que alcanzar. No es algo que tengas que aprender. No es un talento: pintura, música, poesía, escultura. No es ninguna de estas cosas. Es más parecido a la respiración, es algo con lo que naces.

 La inocencia es la naturaleza de todo el mundo. Todo el mundo es inocente al nacer.
¿Cómo puedes nacer y no ser inocente? El nacimiento significa que entras en el mundo como una tabula rasa, no hay nada escrito. Sólo tienes futuro, no tienes pasado. Ése es el significado de inocencia. Primero intenta comprender todos los significados de inocencia.
El primero es: no hay pasado, sólo hay futuro.

 El pasado te corrompe porque provoca memorias, experiencias, expectativas. Las cuales, combinadas entre sí, te vuelven listo pero no claro. Te vuelven astuto, pero no inteligente. Pueden ayudarte a triunfar en el mundo, pero en el fondo de tu ser, serás un fracasado. Todo el éxito en el mundo no se puede comparar con el fracaso que tendrás que enfrentar finalmente, porque al final sólo te quedas con tu ser interno. Se pierde todo: tu gloria, tu poder, tu nombre, tu fama... empiezan a desaparecer como si fuesen sombras.

 Al final sólo te queda lo que tenías al principio. Sólo te puedes llevar de este mundo lo que trajiste.
En India, la sabiduría popular dice que el mundo es como la sala de espera de una estación; no es tu casa. No te vas a quedar en la sala de espera para siempre. Ninguna de las cosas que hay en la sala de espera te pertenecen: los muebles, los cuadros de las paredes... Los usas —miras los cuadros, te sientas en la silla, descansas en la cama— pero nada te pertenece. Sólo te quedas unos minutos, o como mucho, unas horas, y después te irás.

 Sí, te volvieras a llevar lo que has traído a la sala de espera, es tuyo ¿Qué has traído al mundo? El mundo es sin duda una sala de espera. Tal vez la espera no sea en segundos, en minutos, en horas, en días, quizá sea en años; pero ¿qué diferencia hay entre estar esperando siete horas o setenta años?
Quizá, al cabo de setenta años, te olvides de que estabas en una sala de espera. Podrías empezar a pensar que eres el dueño, que has construido esa casa. Y pondrás una placa con tu nombre en la sala de espera.

 Hay personas —yo lo he visto, porque he viajado mucho— que escriben su nombre en el lavabo o en la sala de espera. La gente graba su nombre en los muebles de la sala de espera. Puede parecer una tontería, pero es como lo que hace la gente en la vida.

 Hay una historia muy significativa en las antiguas escrituras jainistas. En India se cree que si alguien se convirtiese en el emperador del mundo recibiría el nombre de chakravartin. La palabra chakra significa rueda. En la antigua India había una forma de evitar luchas y violencia innecesarias: una carroza, una carroza de oro muy valiosa, con hermosos y fuertes caballos iba de un reino a otro, y si el otro reino no podía impedirle el paso, quería decir que ese reino había aceptado la superioridad del dueño de esta carroza. No había necesidad de luchar.

 La carroza se movía de este modo, y cuando la gente le obstruía el paso había una guerra. Si no era detenida, esto demostraba la superioridad del rey sin necesidad de que hubiera una guerra: el rey se convertía en chakravartin, aquel cuya rueda ha dado vueltas y vueltas sin que nadie la detenga. Éste es el deseo de todos los reyes: convertirse en chakravartin.
Evidentemente, hay que tener más poder que Alejandro Magno. Mandar solamente tu carroza... eso requiere un enorme poder. Tener la certeza absoluta de que si se le obstruye el paso a la carroza habrá una matanza masiva. Esto significa que ya habían reconocido al rey; cuando éste quiere conquistar a alguien no hay ninguna forma de impedírselo.

 Pero es una forma simbólica, es más civilizado. No es necesario atacar, no es necesario matar, sólo se envía un mensaje simbólico. La carroza irá hacia allí con la bandera del rey, y si el otro rey cree que no tiene sentido resistirse —la lucha sólo supondría una derrota y una violencia innecesaria—, le da la bienvenida a la carroza, y en su ciudad le lanzan flores.

 Esto es mucho más civilizado que lo que hacen países como la Unión Soviética y EE.UU. Mandar una bella carroza, pero eso significa que debes estar muy seguro de tu fuerza; y no sólo tú, sino todos los demás. Sólo entonces podrá valer un símbolo como éste. De modo que todos los reyes deseaban convertirse en un chakravartin algún día.

La historia es que un hombre se convirtió en un chakravartin y esto sólo sucede una vez cada miles de años. Ni siquiera Alejandro Magno conquistó el mundo; quedaron muchas zonas por conquistar. Y se murió muy joven, sólo tenía treinta y tres años: no era tiempo suficiente para conquistar el mundo. ¡Y ni siquiera se conocía el mundo entero! Se desconocía la mitad del mundo, y ni siquiera había logrado conquistar la mitad que se conocía. Este hombre, del que os voy a contar la historia, se convirtió en chakravartin.

 Se dice que cuando muere un chakravartin —porque sólo aparece un chakravartin cada miles de años, es un ser excepcional— al morir le reciben en el Cielo con alabanzas y le llevan a un sitio especial.
En la mitología jainista en el Cielo hay unas montañas paralelas al Himalaya. El Himalaya sólo está hecho de piedras, tierra y hielo.

El paralelo del Himalaya en el Cielo recibe el nombre de Sumeru. Sumeru es la montaña suprema; no hay nada más alto que eso, nada mejor que eso. Es oro macizo; en vez de piedras hay diamantes, rubíes y esmeraldas.

 Cuando un chakravartin muere es conducido al monte Sumeru para grabar su nombre en él. Es una rara oportunidad, sólo sucede una vez cada miles de años. Este hombre, por supuesto, estaba enormemente emocionado porque iba a escribir su nombre en el monte Sumeru. Es el catálogo supremo de todos los grandes que han existido, y también es el catálogo de los que serán. Este emperador iba a pertenecer a un linaje de superhombres.

 El guardián le dio los instrumentos para grabar su nombre. Quería llevarse consigo a algunos de sus hombres; éstos se habían suicidado porque su emperador se estaba muriendo, y no podían imaginar vivir sin él. Su mujer, su primer ministro, su comandante en jefe y todas las grandes personalidades que le rodeaban se habían suicidado, por eso iban con él.
El emperador quería que el guardián dejase entrar a todos para que vieran cómo grababa su nombre, ¿cuál es el placer de ir solo y grabar tu nombre si no hay nadie que lo vea? La verdadera alegría es que lo vea todo el mundo.

 El guardián le dijo: —Escucha mi consejo, he heredado esta profesión. Mi padre era guardián, su padre era guardián, hemos sido los guardianes del monte Sumeru desde hace siglos. Escucha mi consejo, no dejes que vayan contigo, si no, te arrepentirás.
El emperador no entendía, pero no podía ir contra su consejo, ¿qué interés iba a tener ese hombre en impedírselo?
 El guardián dijo: —Si quieres que lo vean, vete, graba tu nombre y después vienes a buscarlos y, si quieres, se lo enseñas. No tengo ninguna objeción en que te los lleves, pero si decides hacerlo después ya no podrás cambiar de opinión... ya estarán contigo. Vete solo. —Era un consejo muy sensato.
El emperador dijo: —Está bien. Iré solo, grabaré mi nombre y volveré a buscarlos.
El guardián dijo: —Estoy completamente de acuerdo.

 El emperador fue y vio el monte Sumeru brillando bajo miles de soles —porque el cielo no puede ser tan pobre como para tener sólo un sol— hay miles de soles, y una montaña dorada mucho más grande que el Himalaya... ¡y el Himalaya tiene casi tres mil kilómetros de longitud! No pudo abrir los ojos durante unos instantes porque le deslumbraba la luz. Después empezó a buscar un sitio, el sitio adecuado, pero se sorprendió porque no había sitio, la montaña estaba llena de nombres grabados.

 No lo podía creer. Por primera vez se dio cuenta de lo que era. Hasta ahora había creído que era un superhombre de los que sólo nacen cada miles de años. Pero el tiempo ha existido desde la eternidad; incluso miles de años no tienen importancia, y ha habido muchos chakravartins. No había espacio en la montaña más grande de todo el universo para escribir su pequeño nombre.
Regresó, ahora comprendió que el guardián tenía razón cuando le dijo que no llevara a su mujer, a su comandante en jefe, a su primer ministro y otros amigos íntimos. Era mejor que no vieran esta situación. Seguirían pensando que su emperador era un ser excepcional.
Fue al guardián y le dijo: —No había espacio.

El guardián le contestó: —Eso es lo que te quería decir. Lo que tienes que hacer es borrar algunos nombres y después escribir el tuyo. Es lo que se ha hecho siempre, toda mi vida he visto hacerlo, mi padre solía decir que se hacía. El padre de mi padre... nadie ha visto el Sumeru vacío, con espacio vacío.


 Siempre que llega un chakravartin tiene que borrar varios nombres para escribir el suyo. De modo que aquí no están todos los chakravartins. Se han borrado nombres muchas veces y se han vuelto a grabar otros. Haz tu trabajo y si se lo quieres enseñar a tus amigos, puedes traerlos.
El emperador le dijo:—No, no quiero enseñárselo y ni siquiera quiero escribir mi nombre. ¿Qué sentido tiene? Algún día llegará alguien y lo borrará.

 Toda mi vida es un sinsentido absoluto. Ésta era mi única esperanza: que el monte Sumeru, la montaña dorada del cielo, tuviera mi nombre. He vivido para esto, era mi único interés en la vida; estaba dispuesto a matar a todo el mundo para conseguirlo. Ahora cualquier persona puede borrar mi nombre y escribir el suyo. ¿Qué sentido tiene escribirlo? No voy a hacerlo. —El guardián se rió—. ¿Por qué te ríes?—dijo el emperador.

—Es curioso —respondió el guardián—, pero es lo mismo que había oído contar a mis abuelos: al ver toda la historia los chakravartins se van sin escribir nada. No es una novedad, cualquiera que tenga un poco de inteligencia haría lo mismo.

¿Qué puedes obtener en este mundo? ¿Qué puedes llevarte contigo? ¿Tu nombre, tu prestigio, tu respetabilidad? ¿Tu dinero, tu poder... qué? ¿Tu erudición? No puedes llevarte nada. Tendrás que dejarlo todo aquí. Y en ese momento comprenderás que todo lo que poseías no era tuyo; la misma idea de posesión es errónea. Las posesiones te han corrompido.

 Para aumentar tus posesiones —para tener más dinero, más poder, para conquistar más tierras— estabas haciendo cosas que ni tú puedes decir que están bien. Estabas mintiendo, no eras honrado. Tenías cientos de caras. No eras sincero con los demás o contigo mismo ni un solo instante; no podías serlo. Tenías que ser falso, mentir, Fingir, porque éstas son las cosas que te ayudan a triunfar en el mundo. La autenticidad no te va a ayudar. La honradez no te va a ayudar. La sinceridad no te va ayudar.
Sin posesiones, sin éxito, sin fama, ¿quién eres? No lo sabes. Eres tu nombre, eres tu fama, eres tu prestigio, eres tu poder. Pero, aparte de eso, ¿quién eres? Tus posesiones se han convertido en tu identidad. Te dan un sentido de identidad falso. Eso es el ego.

El ego no es algo misterioso, es un fenómeno muy sencillo. No sabes quién eres, y es imposible vivir sin saber quién eres. Si no sé quién soy, entonces ¿qué estoy haciendo aquí? Haga lo que haga, dejará de tener sentido. Lo primero y primordial es saber quién soy. Después, tal vez pueda hacer algo de acuerdo con mi naturaleza, que me dé satisfacción, que me lleve a casa.
Pero si no sé quién soy y sigo haciendo cosas, ¿cómo puedo llegar a donde debería ir mi naturaleza, a donde ésta me conduce? He estado yendo de aquí para allá pero nunca podré decir: «He llegado, éste es el lugar que estaba buscando.»
No sabes quién eres, necesitas sustituirlo con otra identidad falsa. Tus posesiones te dan esa falsa identidad.

 Llegas al mundo como un observador inocente. Todo el mundo llega de la misma manera, con conciencia de la misma calidad. Pero empiezas a tratar con el mundo de los adultos. Ellos te pueden dar muchas cosas; tú sólo tienes una cosa para dar, y es tu integridad, tu amor propio. No tienes muchas cosas, sólo una, puedes llamarlo como quieras: inocencia, inteligencia, autenticidad. Sólo tienes una cosa.

 Naturalmente, al niño le interesa mucho todo lo que ve. Quiere tener esto y aquello; es parte de la naturaleza humana. Si te fijas en un niño pequeño, incluso en un recién nacido, verás que sus manos están buscando a ciegas; intentan encontrar algo. Ha empezado su viaje.
Se perderá en este viaje, porque en esta vida no conseguirás nada sin pagar. Pero el pobre niño no sabe que lo que está dando es tan valioso, que si se pusiera todo el mundo en un lado de la balanza, y en el otro lado su integridad, ésta pesaría más, tendría más valor. El niño no tiene forma de saberlo. Éste es el problema, porque tiene lo que tiene, pero lo da por hecho.

 Os voy a contar una historia que lo aclarará:

Había un hombre rico, muy rico, que al final era muy infeliz, lo cual es resultado natural del éxito. No hay mayor fracaso que el éxito. El éxito sólo tiene importancia si tu vida es un fracaso. Cuando lo alcanzas te das cuenta de que todo el mundo te ha engañado, toda la gente, la sociedad. Este hombre tenía todas las riquezas pero no estaba en paz consigo mismo. Empezó a buscar esa paz. 

 Esto es lo que está sucediendo en Norteamérica. En Norteamérica hay más personas que en ningún otro lugar que buscan la paz mental. En India nunca me he encontrado con nadie que busque la paz mental. Primero necesitas tener paz en el estómago, la paz mental está demasiado lejos. La mente está a millones de kilómetros del estómago.

 Pero en Norteamérica todo el mundo busca la paz mental, y cuando estás buscando, encuentras a gente que está lista para dártela. Es una ley básica de la economía: donde hay demanda hay oferta. No importa si necesitas o no lo que estás pidiendo. Y a nadie le importa lo que te van a proporcionar: si se trata de una publicidad falsa, una propaganda, o si realmente hay algo sustancial.

 Las personas astutas y avispadas, conociendo este principio básico —donde hay demanda hay oferta— han dado un nuevo paso. Ahora dicen: «No hace falta esperar a que haya demanda, la puedes crear.» Y éste es el arte de la publicidad: crear la demanda.
Antes de leer un anuncio no tenías esa necesidad, nunca habías sentido esa necesidad. Pero, al leerlo, de repente sientes: «Dios mío, me lo he estado perdiendo. Soy tan tonto que ni siquiera sabía que existía algo parecido.»

 Antes de empezar a manufacturar algo, a producir algo, incluso varios años antes —dos, tres o cuatro años se empieza a anunciar el producto. Todavía no está en el mercado, porque antes tiene que llegar la demanda del producto a la mente de las personas. Cuando haya una necesidad, ya estará preparado el suministro.

 Bernard Shaw decía que cuando empezó a escribir y publicó su primer libro no había demanda, por supuesto, nadie había oído hablar de George Bernard Shaw. Entonces, ¿cómo puedes decir «quiero el libro de Bernard Shaw, la obra de teatro»? Lo que solía hacer siempre era... publicaba el libro, él mismo era el editor, ponía el dinero, y después iba de una librería a otra preguntando:
—¿Tienen el libro de George Bernard Shaw?
—¿Bernard Shaw? —preguntaban—. Nunca le hemos oído mencionar.
—Qué extraño —decía él— Tienes una librería y ¿nunca has oído hablar de un hombre tan importante? ¿No estás al día o qué pasa? Lo primero que deberías hacer es conseguir el libro de George Bernard Shaw. —Sólo había publicado un libro pero anunciaba varios, porque ya que estaba dando vueltas, ¿por qué anunciar sólo un libro? Y un libro no convierte a un hombre en un gran escritor.

 Se vestía de forma diferente, a veces llevaba un sombrero, a veces llevaba gafas. La gente empezó a acudir a su casa. Por la calle, le preguntaba a la gente: —Habéis oído hablar... porque me han hablado mucho de un libro escrito por un tal George Bernard Shaw. La gente dice que está muy bien, que es fantástico. ¿Habéis oído algo?
—No —le contestaban—, no hemos oído hablar de él.
—Es extraño —les decía—. Creía que en Londres había cultura. —Iba a librerías y clubes, y a todos los sitios donde hubiera posibilidad de crear una demanda. Vendió su libro —normalmente se dedicaba a eso—, y finalmente se convirtió en uno de los grandes escritores de su época. Había motivado la demanda.

 Pero si triunfas no necesitas que nadie cree una necesidad de paz mental. Si triunfas perderás la paz mental por el camino. Este es el curso natural. El éxito te quita toda esa paz mental. El éxito extrae todo lo significativo de la vida: la paz, el silencio, la alegría, el amor. Te va quitando todo. Al final, tus manos están llenas de cosas inútiles, y se pierde todo lo que tenía valor. Y de repente, te das cuenta de que necesitas paz mental.

 Inmediatamente, aparecen quienes te la pueden suministrar, que no saben nada de la mente y no saben nada de la paz. He leído un libro que se titula Paz mental escrito por un rabino, Joshua Liebman. He leído todo el libro, y este hombre no sabe nada de la paz ni de la mente. Pero es un negociante. Ha hecho un buen trabajo sin saber nada de la paz o de la mente.

 Su libro es uno de los más vendidos, porque quien quiere encontrar paz mental, tarde o temprano, se encontrará con el libro de Joshua Liebman. Está muy bien escrito. Es un buen escritor, muy claro, extraordinario; te influenciará. Pero, después de leer este libro, tu paz mental seguirá estando tan lejos como antes, o incluso más.

 De hecho, si una persona sabe qué es la paz y qué es la mente, no podría escribir un libro que se llamara Paz mental, porque la mente es el origen de la falta de paz, de la inquietud. Cuando no hay mente hay paz. Paz mental... ese producto no existe.

 Si hay mente, entonces no hay paz. Si hay paz, entonces no hay mente. Pero si escribes un libro que se llame Paz de la no—mente... no lo va a comprar nadie. He estado considerándolo... pero creo que nadie va a comprar un libro que se llame Paz de la no—mente. No tendrá sentido para ellos, aunque es la auténtica realidad.

 Un niño no se da cuenta de todo lo que lleva consigo. Este hombre rico estaba en la misma situación. Tenía todas las riquezas del mundo, pero buscaba la paz mental. Fue de un sabio a otro y todos le dieron grandes consejos, pero los consejos no sirven para nada.
Practica Yoga Meditación
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 De hecho, sólo los tontos dan consejos, y sólo los tontos escuchan los consejos. Las personas sabias son contrarias a dar consejos porque evidentemente un hombre sabio sabe que lo único que se da gratis en el mundo son los consejos, y nadie los escucha, ¿para qué molestarse?
Un hombre sabio primero te prepara para que puedas escuchar su consejo. No sólo te da consejo, sino que te prepara. Puede costar años preparar el terreno para sembrar la semilla. El que echa semillas encima de las piedras sin preocuparse de gastarlas es tonto.

 Todos estos sabios le dieron consejos pero no sirvió de nada. Finalmente, un hombre al que no le había preguntado y que no era ni mucho menos famoso; al contrario, creían que era el tonto del pueblo... un día le paró en la carretera y le dijo: —Estás perdiendo el tiempo inútilmente, ninguno de ellos es sabio. Los conozco perfectamente pero como soy idiota nadie me cree. Probablemente, tú tampoco me creas, pero conozco a un sabio.

 Al verte constantemente tan atormentado buscando la paz mental, pensé que sería mejor que te indicase la persona adecuada. Aparte de esto soy idiota, nadie me pide consejo y yo nunca le doy consejo a nadie. Pero esto es demasiado, te veo tan triste y abatido que he tenido que romper mi silencio. Vete a ver a este hombre en el pueblo de al lado.
El hombre rico fue inmediatamente montado en su hermoso caballo con una bolsa llena de preciosos diamantes. Llegó y vio al hombre: los sufies le conocían como Mulla Nasruddin.
Le preguntó a Mulla:
—¿Puedes ayudarme a alcanzar la paz mental?
Mulla dijo:
 —¿Ayudarte? Yo te la puedo dar.
El hombre rico pensó: —Qué extraño, primero el idiota me sugirió... y como estaba tan desesperado pensé que no habría ningún peligro, por eso he venido. Pero éste parece todavía más idiota, está diciendo: «Yo te la puedo dar.»
El hombre rico dijo: —Tú me la puedes dar? He estado con todo tipo de sabios, todos me han dado consejos: haz esto, haz lo otro, ten disciplina, ejerce la caridad, ayuda a los pobres, construye hospitales, esto y aquello. Dicen todas estas cosas, y además las he hecho, pero no sirve de nada. En realidad, tengo más problemas. ¿Y tú dices que me puedes dar paz mental?
Mulla respondió: —Es muy sencillo. Bájate del caballo. —El hombre rico se bajó del caballo. Estaba sujetando su bolsa cuando Mulla le preguntó: —¿Qué llevas en la bolsa apretado contra el corazón?
—Son preciosos diamantes —dijo él—, pero si me das paz te la daré. —Antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, ¡Mulla agarró la bolsa y salió corriendo!

 El hombre rico se sobresaltó durante un rato; ni siquiera sabía qué hacer. Después se puso a perseguirle. Pero se trataba del pueblo de Mulla, él conocía todas las calles y los atajos, y además estaba corriendo. El hombre rico no había corrido en toda su vida y estaba gordo... Gritaba y resoplaba, y le caían las lágrimas por las mejillas. —¡Me han engañado totalmente! Este hombre me ha quitado el trabajo de toda mi vida, todos mis ahorros; se lo ha llevado todo —dijo.

Empezó a seguirle una multitud, y todos se estaban riendo. —¿Sois todos idiotas? ¿Este pueblo está lleno de idiotas? —dijo—. Estoy completamente arruinado, y en vez de atrapar al ladrón, estáis riéndoos.
—No es un ladrón, es un hombre muy sabio —dijeron.
El hombre rico dijo: —¡El idiota del pueblo es quien me ha metido en este lío! —Pero, corriendo y sudando, persiguió a Mulla. Mulla llegó al árbol bajo el que todavía estaba el caballo. Se sentó bajo el árbol con la bolsa, y el hombre rico llegó gritando y llorando. Mulla dijo: —Toma la bolsa. —El hombre rico se la apretó contra el corazón. —¿Qué sientes? —le dijo Mulla—. ¿Tienes paz mental?
El hombre rico dijo: —Sí, siento mucha paz. Eres un hombre extraño, y usas métodos extraños.
—No son métodos extraños —dijo Mulla—, es matemática pura. Empiezas a dar por sentado todo lo que tienes. Sólo necesitas que te den una oportunidad de perderlo para que te des cuenta inmediatamente de lo que has perdido. No has ganado nada nuevo; es la misma bolsa que tenías antes sin paz mental. Ahora tienes la misma bolsa junto a tu corazón y todo el mundo puede ver lo tranquilo que estás, ¡un sabio perfecto! Vete a casa, y no te preocupes de la gente.

 Éste es el problema del niño, porque llega lleno de inocencia y está dispuesto a comprar cualquier cosa a cambio de su inocencia. Está dispuesto a comprar cualquier porquería a cambio de su coraje. Está dispuesto a comprar juguetes —y aparte de juguetes, ¿qué más hay?— y a perder su claridad. Sólo lo entenderá cuando tenga en su poder todos esos juguetes pero no le hagan feliz, no sea un logro, no le satisfaga. Entonces, se dará cuenta de lo que ha perdido; se ha perdido a sí mismo.
En un mundo mejor, las familias aprenderán de los niños. Tenéis mucha prisa por enseñarles. Aparentemente, nadie aprende nada de ellos, pero os pueden enseñar muchas cosas. Y vosotros no tenéis nada que enseñarles.

 Como eres más viejo y tienes más poder, los empiezas a convertir en algo exactamente igual que tú, sin pararte a pensar en lo que eres, lo que has alcanzado, cuál es tu estatus en el mundo interior. Eres un mendigo, ¿eso es lo que quieres para tu hijo?
Pero nadie piensa; si no, la gente aprendería de los niños. Los niños aportan muchas cosas del otro mundo porque están recién llegados. Todavía llevan consigo el silencio del útero, el silencio de la existencia en sí.


RECUERDA SIEMPRE, CONFÍA EN LO DESCONOCIDO.


 Lo conocido es la mente. Lo desconocido no puede ser la mente. Será otra cosa pero no la mente. Lo único seguro es que la mente es una acumulación de lo conocido. Por ejemplo, si llegas a una bifurcación en el camino y la mente dice, «vamos por aquí, me suena familiar», eso es la mente. Si escuchas a tu ser, querrá ir a lo que no es familiar, a lo desconocido. El ser siempre es un aventurero. La mente es muy ortodoxa, muy conservadora. Quiere andar por la senda, por el camino trillado una y otra vez, el camino de menor resistencia.

 Escucha siempre a lo desconocido. Y reúne valor para adentrarte en lo desconocido.
Es necesario ser muy valiente para desarrollar tu destino, no hay que tener miedo. Las personas que están llenas de miedo no pueden ir más allá de lo conocido. Lo conocido da una especie de comodidad, seguridad, confianza, porque lo conoces. Estás perfectamente informado, sabes cómo abordarlo. Puedes estar casi dormido y seguir haciéndolo, no necesitas estar despierto; es la ventaja que tiene lo conocido.

Osho
Osho

 En cuanto atraviesas la frontera de lo conocido surge el miedo, porque ahora estarás en la ignorancia, no sabrás qué debes hacer y qué no. No estarás seguro de ti mismo, podrás equivocarte; podrás perderte, Este miedo es lo que mantiene a la gente maniatada, y una persona que está imposibilitada para lo nuevo está muerta.

 Sólo se puede vivir la vida peligrosamente, no hay otra forma de vivirla. La vida sólo alcanza la madurez y el crecimiento a través del peligro. Tienes que ser un aventurero, siempre dispuesto a arriesgar lo conocido por lo desconocido. Y en cuanto hayas probado la alegría que produce la libertad y la ausencia de miedo, nunca te arrepentirás, porque sabrás qué significa vivir al máximo. Sabrás qué significa quemar la antorcha de tu vida por los dos extremos. Un solo instante de esa intensidad es más gratificante que toda una eternidad de vida mediocre. Osho 

Fuente: CORAJE OSHO/editorial gulaab

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