YOGA

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Nadie gustará de que sean engreído y egoísta. Incluso cónyuge e hijos, aunque exteriormente aparenten respetarles, no estarán felices con ustedes, si son ustedes personas arrogantes. No sólo eso: en tanto ustedes estén llenos de ego, es altamente improbable que sean realmente felices.

miércoles, 22 de octubre de 2014

De la Represión a la Liberación - Osho

Yo afirmo que no hay ni podrá haber ningún Superyo, ni Dios, ajeno a esta vida.


 Una mañana temprano, antes de la salida del sol, un pescador fue al río. Cerca de la orilla sintió algo debajo de sus pies, y descubrió que era una pequeña bolsa con piedras. Recogió la bolsa y echando la red a un lado, se acuclilló a la orilla del agua, esperando la salida del sol. Estaba esperando la luz del día para iniciar su trabajo diario. Perezosamente, cogió una piedra de la bolsa y la lanzó al agua. «Plop», se oyó en el agua. Entretenido con el sonido lanzó otra piedra. Al no tener otra cosa que hacer, siguió lanzando las piedras, una por una...

 Poco a poco el sol se levantó. Llegó la luz. Ya para entonces había lanzado todas las piedras, excepto una. La última piedra estaba en su palma. Su corazón casi le falló cuando, a la luz del día, vio lo que tenía en la mano. ¡Era una piedra preciosa! En la oscuridad, había arrojado muchas de ellas. ¡Cuánto había perdido sin darse cuenta! Lleno de remordimientos, se maldijo a sí mismo, sollozó, lloró y casi enloqueció de pesar.

 Por accidente, se había encontrado con una gran riqueza que podría haberle proporcionado un extraordinario bienestar en su vida. Pero sin darse cuenta, la había perdido en la oscuridad. Y sin embargo, era afortunado, pues aún le quedaba una gema: la luz había llegado antes que arrojara la última «piedra». En general, la mayoría no es ni siquiera tan afortunada.

 La oscuridad te rodea por todos lados, el tiempo se va consumiendo, el sol no ha salido aún y ya hemos desperdiciado todas las gemas de la vida. La vida es un gigantesco tesoro, y el hombre no hace otra cosa que desperdiciarla. Cuando nos damos cuenta de la importancia de la vida, ya se nos ha escurrido entre los dedos. Los secretos, los misterios, la felicidad, la liberación, el paraíso: todo lo hemos perdido. Hemos malgastado la vida.

 En los próximos tres días, tengo la intención de hablar acerca de los tesoros de la vida. Es difícil instruir a la gente que trata a la vida como a una bolsa de piedras. Esta gente se irritará si les señalas el hecho de que lo que están arrojando no son piedras, sino joyas. Se enfurecerán. No debido a que lo que se les dice sea falso, sino porque se les demuestra su insensatez, porque se les recuerda lo que han perdido. Sus egos hacen su aparición. Se enfadan.

 Sin embargo, sin importar lo que se haya perdido hasta ahora, si aún queda un poco de vida, si sólo queda una «piedra», tu vida aún puede ser salvada. Nunca es demasiado tarde para aprender. Incluso uno podría beneficiarse. Y especialmente en la búsqueda de la Verdad, nunca es tarde; no hay motivo para sentirse derrotado.

 Pero, debido a nuestra ignorancia, en medio de la oscuridad, hemos dado por sentado que la bolsa de la vida no es otra cosa más que una colección de piedras. Los débiles de corazón han aceptado la derrota antes de hacer un esfuerzo en la búsqueda de la Verdad.

 Para empezar, deseo advertirles en contra de la trampa del fata-lismo, contra el engaño de la certeza del fracaso. La vida no es un montón de arena y piedras. Si tienes la actitud correcta para verlo, encontrarás muchas cosas buenas en la vida. Encontrarás en ella una escalera para llegar a Dios.

 En nuestro cuerpo hecho de sangre, de carne y de huesos, existe algo, alguien que se halla separado de estas cosas. No guarda ninguna relación con la sangre, con la carne y los huesos. Está allí, aun en el cuerpo físico, que nace hoy y muere mañana. Es inmortal. No tiene ni principio ni fin. Esto, lo que no tiene forma, se encuentra en el centro mismo de cada uno de nosotros. Desde la oscuridad de tu ig-norancia, te apremio a que busques esa llama imperecedera.

 La llama inmortal se halla oculta tras el humo mortal y por esto no podemos ver la luz. Vemos el humo y retrocedemos. Algunos, los más valerosos, buscan un poco más, pero sólo en medio del humo. Y es así que no pueden llegar tampoco a la llama, a la fuente de la Iluminación.
¿Cómo realizar el viaje hacia esta llama oculta detrás del humo, hacia el Yo dentro del cuerpo? ¿Cómo podemos realizar al SuperYo, lo Universal, que se halla camuflado, oculto en la naturaleza?

 Hablaré acerca de ello en tres etapas.

 En primer lugar, nos hemos cubierto con tales prejuicios, con ideas infiltradas y pseudo-filosofías, que nos hemos imposibilitado el ver la verdad desnuda. Disponemos de hipótesis de lo que la vida es, sin saber, sin buscar, sin sentir curiosidad. Se nos ha enseñado durante miles de años que la vida no tiene sentido, que la vida es inútil, que la vida es sufrimiento. Se nos ha hipnotizado para que creamos que nuestra existencia es inútil, carente de propósito, pesarosa. La vida ha de ser despreciada, debiera ser pasada por alto. Se nos ha recitado esto una y otra vez, y es así que ahora sentimos que la vida no es más que un gran caos, una fuente de sufrimiento.

 Es a causa de este menosprecio por lo que el hombre ha perdido todo encanto, alegría y amor. El hombre se ha transformado en un bulto informe. El hombre se ha convertido en un turbulento mar de pesadumbre. Y uno no ha de asombrarse de que, debido a estas erróneas ideas, el hombre haya dejado de intentar reflexionar sobre sí mismo. ¿Por qué deberíamos buscar la belleza en un bulto repug-nante? Y cuando creemos firmemente que la vida es sólo para ser atravesada, para ser aguantada, ¿qué sentido tiene aceptarla, purificarla y hacerla más hermosa? Creemos que todo esfuerzo es inútil.

 Nuestra actitud hacia la vida es similar a la del hombre que se instala en la sala de espera de una estación de ferrocarril; como la de un viajero que utiliza la sala de espera. Este hombre sabe que se ha detenido aquí por un rato. Deberá irse pronto. Por tanto, ¿qué importancia tiene esta sala de espera? Ninguna en absoluto. No tiene significado. Tira diversos objetos al suelo, escupe, la ensucia. Es des-cuidado. No le interesa esmerarse en su comportamiento; después de todo, deberá irse al cabo de un rato, al oír el tañido de la campana. Del mismo modo consideramos la vida como una residencia temporal.

 La tendencia general es preguntar porqué se ha de preocupar uno en buscar la verdad y la belleza en la vida. Pero quisiera enfatizar que esta vida llegará a su fin a su debido momento, y entonces no habrá posibilidad de huir de la «verdadera» vida. Podemos cambiar esta casa, este lugar; pero la esencia de nuestra vida permanecerá con nosotros. Y éste es nuestro Yo, con una Y mayúscula. No existe forma alguna de deshacerse de él.

 Somos moldeados por lo que hacemos. En último término, nuestros actos nos moldean, para bien o para mal. Modifican y dan forma a la vida y moldean el alma. Lo que hagamos con nuestra vida y cómo vivamos determinará nuestro desarrollo futuro. Nuestra actitud hacia la vida guiará el camino de nuestra alma: cómo evolucionará, qué misterios, hasta ahora inexplorados, descifrará. Si el hombre fuera consciente de que su actitud hacia la vida conforma su futuro, descartaría de inmediato el pesimista punto de vista según el cual la vida es discordante, inútil, carente de significado. Entonces, podría darse cuenta de la falsedad de la creencia de que la vida es pesarosa, de que no existe un esquema para las cosas. Entonces, podría descubrir que todo lo que se opone a la vida es irreligioso.

 Sin embargo, en nombre de la religión se nos ha enseñado la negación de la vida. La filosofía de la religión ha estado orientada hacia la muerte, no hacia la vida. Predica que aquello que se halla después de la vida es importante, mientras que aquello que se halla antes de la muerte no tiene significado. Hasta ahora, la religión ha reverenciado la muerte, pero no ha mostrado respeto alguno por la vida. En ninguna parte encontraremos la aceptación jubilosa de las flores y frutos de la vida, pero sí la hallaremos impregnada de un obstinado apego a las flores muertas. ¡Nuestras vidas son loas en las tumbas de flores muertas!
 La especulación religiosa siempre se ha concentrado en el otro lado de la muerte: en el paraíso, en el moksha, en el nirvana, como si no le interesara lo que ocurre antes de la muerte. Os quiero pregun-tar, si sois incapaces de vivir con lo que hay antes de la muerte, ¿cómo podréis arreglároslas con lo que hay después de la vida? ¡Será casi imposible! Si no podemos beneficiarnos con lo que hay aquí, antes de la muerte, no podremos prepararnos o capacitarnos para lo que vendrá después de ella. La preparación para la muerte debe hacerse durante la vida. Si existe otro mundo después de la muerte, también allí nos veremos enfrentados a aquello que hemos experimentado en esta vida. No existe forma de sustraerse a estos efectos, a pesar de lo que se proclama para descalificar esta existencia y renunciar a esta vida.

 Yo afirmo que no hay ni podrá haber ningún Superyo, ni Dios, ajeno a esta vida. También afirmo que amar la vida es la sadhana, el camino que le lleva a uno hasta Dios. La verdadera religión consiste en aprovechar la vida misma. Realizar la Verdad Suprema de la vida es el primer paso prometedor para lograr la total liberación. Aquel que se pierda la vida se perderá todo lo demás.
Tantra Yoga Meditación
Tantra Yoga Meditación 


 Pero la tendencia de la religión ha sido exactamente la opuesta: abandonar la vida, renunciar al mundo. La religión no aconseja la contemplación de la vida, no prepara para dirigir la propia vida, no te dice que lo único que determina tu vida es la forma en que la vivas, sino que dice que si la vida te parece desalentadora, es debido a que la percibes en forma impura. La vida puede llenarte de felicidad si conoces la forma apropiada de vivirla.

 Yo llamo a la religión, el arte de vivir. La religión no es la disolución de la vida, sino un medio para explorar profundamente los misterios de la Existencia. La religión no consiste en volverle la espalda a la vida, sino en enfrentarla directamente. La religión no es escapismo, es abrazar la vida de forma total. Es la realización total de la vida.

 Como consecuencia directa de esas fundamentales ideas erróneas de la religión, sólo los ancianos se interesan en ella. Sólo verás ancia-nos en los lugares de Dios: en los templos, en las iglesias, en las gurudwaras, en las mezquitas. ¡No verás jóvenes allí! No verás niños allí. ¿Por qué? Sólo existe una explicación. Nuestra religión se ha convertido en la religión de las personas de edad avanzada. Es para aquellos que se hallan al final de sus vidas, para aquellos acosados por el miedo al muerte, para aquellos que están llenos de ansiedad por lo que acontece tras la muerte.

 ¿Cómo puede iluminar la vida una religión que se basa en la filosofía de la muerte? Tras cinco mil años de enseñanzas religiosas, esta Tierra va de mal en peor. Aun cuando a este planeta no le faltan templos, mezquitas, iglesias, sacerdotes, maestros, ascetas y demás gente similar, la gente aún no se ha vuelto religiosa. Esto se debe a que la religión tiene una base falsa. La vida no se halla en los cimientos de la religión. La religión está concebida en torno a la muerte. No es un símbolo metafórico, sino la lápida de un cementerio. Esta religión desviada no puede revitalizar la vida...

 ¿Cuál es la causa de todo esto?

En estos tres días hablaré acerca de la religión de la vida, la religión de la fe viva y de un principio elemental que al hombre común nunca se le anima a descubrir; ni siquiera se le dice nada al respecto. En el pasado se ha hecho todo lo posible para ahogar esta ley básica de la vida, para acallar esta verdad. Y el resultado de este grave error se ha convertido en una enfermedad universal.

 ¿Cuál es el elemento central en la vida común del hombre? ¿Dios? No. ¿El alma? No. ¿La verdad? No. ¿Qué hay en el núcleo del hombre? ¿Cuál es la urgencia fundamental que surge de las profundidades del hombre común, en la vida del hombre medio, del hombre que nunca medita, que nunca busca su alma, que nunca emprende un peregrinaje? ¿Devoción? No. ¿Oración? No. ¿La liberación? No. ¿El nirvana? No, en absoluto.

 Si intentamos descubrir el impulso más fuerte del hombre común, si buscamos la fuente de la fuerza que anima la vida, no encontraremos ni la devoción a Dios, ni la oración, ni la sed por conocer. Encontraremos allí algo diferente, algo que está siendo arrinconado en el olvido, algo que nunca es enfrentado conscientemente, que nunca es evaluado. ¿Qué es ese algo? ¿Qué encontrarás si diseccionas, si analizas el núcleo del hombre? ¿Ese «algo» que resplandece en el interior del hombre?

 Dejando de lado al hombre y concentrándonos en el reino animal o en el reino vegetal, ¿qué encontraremos en el núcleo de todo? Observando las actividades de una planta, ¿qué encontramos allí? ¿Adónde conduce su crecimiento? Toda su energía se dirige a producir una nueva semilla. ¡Todo su ser está ocupado en producir una nueva semilla! ¿Qué está haciendo un pájaro? ¿Qué está haciendo un animal? Si observamos en profundidad las actividades de toda la Naturaleza, encontraremos un solo proceso desarrollándose plena-mente. Y este proceso es el de la «creación continua», la procreación, el proceso de crear nuevas y diferentes formas de ser. Las flores tienen semillas; los frutos tienen semillas. ¿Cuál es el destino de la semilla? La semilla crecerá y se convertirá en una planta, en una flor, en un fruto, en una nueva semilla y así sucesivamente, y el ciclo se repetirá... El proceso de procreación es eterno. La vida es una fuerza que está continuamente regenerandose a sí misma. La vida es creatividad, es un proceso de autocreación.

 Lo mismo es válido en el caso del hombre. A esta pasión, a este proceso, lo hemos bautizado con el nombre de «sexo». También se le llama lujuria. De allí han surgido otros nombres. Se ha transformado en un insulto. Y el acto mismo de desacreditarlo ha contaminado el ambiente.
Y entonces, ¿qué es esta lujuria? ¿Qué es esta pasión? ¿Qué es esa fuerza llamada «sexo?»
Desde tiempos inmemoriales, las olas del mar vienen, una tras otra y se estrellan contra la playa. Las olas vienen, se rompen y desa-parecen. Nuevamente vienen, empujan, luchan, se dispersan y vuelven a su estado anterior. La vida tiene una necesidad interna de progresar, de ir hacia adelante. Estas olas del mar, estas olas de la vida, tienen en sí una inquietud. Existe un continuo esfuerzo en pos de algo. ¿Cuál es su propósito? Es un deseo intenso por lograr una mejor posición, es una pasión por alcanzar alturas más elevadas. Detrás de esta energía interminable, la vida lucha por alcanzar una buena vida, la vida se esfuerza por alcanzar una existencia mejor.

 No hace mucho, sólo unos pocos miles de años, que el hombre apareció sobre la Tierra. Antes de eso, sólo había animales en ella. No hace tanto tiempo que los animales comenzaron a existir. Antes de eso, hubo un tiempo en el cual no había animales; sólo plantas. Y tampoco las plantas han estado en este planeta desde hace mucho. Antes que ellas aparecieran, sólo había rocas, montañas, ríos y océanos. 

 ¿Y con qué motivo se hallaba inquieto este mundo de rocas, de montañas, de ríos y de océanos? Estaba luchando por producir plan-tas. Poco a poco, las plantas aparecieron en la existencia. La fuerza vital se manifestó en una nueva forma. La tierra se cubrió de vegetación. Siguió produciendo vida, procreó. Surgieron las flores, las frutas. Pero las plantas se sentían intranquilas. No se hallaban sa-tisfechas consigo mismas. El impulso interno las llevaba a algo más elevado. Estaban ansiosas de producir animales y aves. Entonces aparecieron los animales y las aves y ocuparon este planeta durante muchísimo tiempo. Pero no había ningún hombre a la vista. El hombre estuvo siempre allí, implícito en los animales, esforzándose por nacer... Y entonces, en su momento, apareció el hombre.
Y ahora, ¿en qué situación se encuentra el hombre? El hombre está esforzándose incesantemente para crear nueva vida. A esta ten-dencia la hemos llamado sexo; la llamamos «la pasión de la lujuria.» ¿Cuál es la dimensión, el significado de esta «lujuria»?




 Este impulso básico se dirige a crear, a producir nueva vida. La vida no desea extinguirse. Pero, ¿para qué? ¿Es posible que ese hombre esté intentando crear un hombre mejor, una forma de vida más elevada que él mismo? ¿Es acaso cierto que la fuerza de la vida se halla a la expectativa de un ser que es mucho mejor que el hombre mismo? Sabios, desde Nietzche hasta Aurobindo, de Patanjali a Bertrand Russell, han alimentado un sueño en lo más profundo de sus corazones, un sueño en el cual aparece un hombre superior a sí mismo. Un superhombre. Se han estado preguntando cómo puede ser producido otro ser, mejor que el hombre actual.

 Sin embargo, desde hace miles de años hemos condenado deliberadamente este impulso de procrear. En vez de aceptarlo, hemos abusado de él. Le hemos desacreditado hasta relegarlo al escalafón más bajo. Lo hemos ocultado y hemos simulado que no existe, como si no hubiera espacio para él en la vida, como si no cupiera en la disposición de las cosas.

 La verdad es que no existe nada tan vital como este impulso, al que debiera adjudicársele el lugar que legítimamente le corresponde. Ocultándolo y pisoteándolo, el hombre no se ha liberado. Al contrario; el hombre se halla ahora en una situación más enredada y peor que antes. La represión ha producido el resultado opuesto al esperado.

 Alguien está aprendiendo a ir en bicicleta. El camino es grande y ancho, pero si hay una pequeña roca a un lado del camino, el hom-bre teme estrellarse contra la roca. Existe un uno por ciento de pro-babilidades de que choque contra esa piedra. Aun un ciego tiene las probabilidades totalmente a su favor en cuanto a pasar sano y salvo. Sin embargo, debido al temor a la roca, el hombre se concentra sola-mente en ella. La roca cobra importancia en su conciencia y el camino desaparece de su vista. Se halla hipnotizado, es atraído por esa roca y finalmente se estrella contra ella. Un novato choca contra aquello -una roca o un poste de energía eléctrica- de lo cual intenta, por todos los medios, salvarse. Y sin embargo, el camino era grande y amplio, ¿cómo se las arregló este hombre para accidentarse?
Según el psicólogo Coué, la mente corriente se halla gobernada por la «Ley del Efecto Contrario». Nos estrellamos contra aquello que deseamos evitar, pues el objeto del miedo se transforma en el centro de nuestra conciencia. Del mismo modo, el hombre ha estado intentando, durante los últimos cinco mil años, salvarse del sexo y la consecuencia de ello es que se enfrenta con el sexo en todas sus formas, en todos los rincones de su vida. La ley del efecto contrario ha sometido el alma del hombre.
¿No te has dado cuenta de que la mente es atraída, es hipnotizada por aquello que intenta eludir? La gente que enseñó al hombre a estar en contra del sexo es totalmente responsable del hecho de que la mente humana esté llena de sexo. La sexualidad exacerbada del hombre se debe a enseñanzas pervertidas.

 Hoy en día, nos sentimos temerosos de hablar acerca del sexo. ¿Por qué sentimos un «temor moral» frente a este tema? Eso se debe a la suposición de que el hombre se volverá más sexual si habla de sexo. Esta idea es totalmente errónea; después de todo, existe una amplia diferencia entre «sexo» y «sexualidad» Nuestra sociedad sólo se verá liberada del fantasma del sexo si desarrollamos el valor nece-sario para hablar acerca del sexo en forma racional y sana.

 Sólo podremos trascender el sexo si lo comprendemos en todos sus aspectos. No puedes liberarte de un problema si cierras los ojos ante él. Aquel que cree que el enemigo desaparecerá si cierra los ojos, está loco. En el desierto, el avestruz piensa de la misma manera. Entierra su cabeza en la arena y cree que, al no poder ver al enemigo, el enemigo no está allí. Este tipo de lógica es perdonable en el caso de un avestruz, pero en el caso del hombre, resulta imperdonable.

 El hombre no se ha comportado mejor que un avestruz en el caso del sexo. Cree que el sexo se desvanecerá si lo ignora, si cierra sus ojos. Si milagros como ésos ocurrieran, la vida sería fácil, sería muy fácil vivir en el mundo. Sin embargo, desgraciadamente, nada desa-parece con sólo cerrar los ojos. Al contrario: ésta es la prueba de que le tememos, de que su atracción es más poderosa de lo que podemos resistir. Cerramos nuestros ojos porque nos damos cuenta de que no podemos reprimirlo.

 Cerrar los ojos es señal de debilidad, y la Humanidad entera es la culpable. El hombre no sólo ha cerrado abiertamente los ojos frente al sexo, sino que, además, con ello se ha involucrado en una innumerable cantidad de conflictos internos. Las devastadoras con-secuencias de esto son demasiado bien conocidas como para enu-merarlas. El noventa y ocho por ciento de los enfermos mentales -los neuróticos- lo están debido a la represión del sexo. La causa del noventa y nueve por ciento de las histerias y enfermedades similares que sufre la mujer, son desórdenes sexuales. La causa principal del miedo, la duda y la ansiedad -la tensión del hombre contemporáneo- es la presión de la pasión, de la lujuria. El hombre le ha dado la espalda a una urgente y poderosa necesidad. Sin intentar comprenderla, nuestros ojos se han cerrado debido al miedo, y las consecuencias de esto han sido demoledoras.

 Para comprender esto, el hombre necesita solamente revisar su literatura, el espejo de su mente. Si un hombre de la Luna o Marte viniera aquí y revisara nuestra literatura, leyera nuestros libros y poesía, viera nuestras pinturas... se sorprendería. Se preguntaría por qué todas nuestras artes y literatura giran sólo en torno al sexo.

 ¿Por qué todas las poesías, todas las novelas, todas las revistas e historias del hombre se hallan saturadas de sexo? ¿Por qué hay una fotografía de una mujer semidesnuda en todas las portadas de las revistas? ¿Cómo es que todas las películas hechas por el hombre se desarrollan en torno a la lujuria y la pasión?

 Se quedaría perplejo. Este visitante extraterrestre se preguntaría porqué el hombre no piensa en nada más que en el sexo. Se hallaría doblemente confundido si se encontrara con un hombre y hablara con él, pues éste se esforzaría mucho por darle la impresión de que no tiene nada que ver con la existencia del sexo. Y viceversa: el hombre hablaría acerca de Dios, del paraíso, de la liberación,... No diría una palabra acerca del sexo, aun cuando todo su ser se hallara repleto de ideas respecto al sexo. El extraterrestre se quedaría estupefacto al darse cuenta de que el hombre ha inventado innumerables artificios para satisfacer ese deseo sobre el cual no menciona una palabra.

 La religión orientada hacia la muerte ha llenado de sexo la mente del hombre. También ha pervertido al hombre desde otro ángulo. ¡Y eso en nombre de elevados ideales! Le muestra el pináculo dorado del celibato- el brahmacharya - pero no da ninguna indicación para colocar el pie en el primer peldaño, para comprender la base, para comprender el sexo.

 En primer lugar, debiéramos aceptar y comprender al sexo, el im-pulso fundamental, y sólo entonces podríamos esforzarnos por trascenderlo, por sublimarlo, que es el modo para alcanzar la etapa del celibato. Sin comprender,en todas sus formas y facetas, esta fuerza de vida fundamental , todos los esfuerzos por restringirla o suprimirla convertirán al hombre en un loco enfermo e incoherente. Pero no nos concentramos en esta enfermedad principal y hablamos de los altos ideales del celibato. El hombre nunca ha estado tan enfermo, tan neurótico, nunca ha sido tan infeliz ni tan desgraciado. El hombre está pervertido. Está envenenado desde sus mismas raíces.

 En cierta ocasión pasaba frente a un hospital. Leí en un cartel: «Aquí fue tratado un hombre picado por un escorpión. Fue curado y dado de alta el mismo día».
Otro aviso decía: «Un hombre fue mordido por una serpiente. Fue tratado y regresó a su hogar sano y salvo después de tres días».

 Un tercer informe decía: «Un hombre fue mordido por un perro rabioso. Está sometido a tratamiento desde hace diez días y muy pronto se recobrará».

 Aparecía también un cuarto informe: «Un hombre fue mordido por un hombre. Eso ocurrió hace muchas semanas. Se halla inconsciente y es muy poco probable que se recupere.»
Me quedé sorprendido. ¿Es acaso posible que la mordedura de un hombre sea tan venenosa?
Si somos observadores, llegaremos a concluir que el hombre ha acumulado en sí mismo gran cantidad de veneno. Quizás sea debido a los «médicos charlatanes», pero el motivo más importante es la negativa a aceptar aquello que es natural en el hombre, aquello que constituye su ser fundamental. Hemos intentado, en vano, frenar y aniquilar sus impulsos innatos. No se hace intento alguno por trans-formar, por elevar esos impulsos. Nos hemos obligado, en forma equivocada, a controlar esa energía. Esa energía está hirviendo y presionando, como lava derretida, desde nuestro interior. Si somos descuidados, esa energía puede desbordar al hombre en cualquier momento. ¿Saben entonces qué es lo primero que ocurre cuando dicha energía encuentra el menor resquicio?

 Lo aclararé mediante un ejemplo. Un aeroplano sufre un accidente. Tú te encuentras en las cercanías y corres hacia el lugar. ¿Cuál será la primera pregunta que te vendrá a la mente al ver un cuerpo entre los restos? ¿Será acaso «¿Es esta persona hindú o musulmana?» ¡No! «¿Es esta persona india o china?» ¡No!

 En una fracción de segundo, lo primero que tratarás de saber es si es un hombre o una mujer. ¿Sabes por qué esa es la interrogante que te viene primero a la cabeza? Es el sexo reprimido el que te hace tan consciente de la diferencia entre hombre y mujer. Es posible que olvides el nombre, rostro o nacionalidad de un hombre. Si te he cono-cido, puede que olvide tu nombre, tu rostro, tu casta, tu edad, tu clase social; en resumen, todo respecto a ti. Pero uno nunca olvida el sexo de una persona, nunca olvidas si esa persona era hombre o mujer. ¿Has tenido alguna vez alguna duda respecto a si la persona con que te encontraste -por decir, el año pasado en un tren con destino a Delhi- era un hombre o una mujer?

 ¿Por qué? Si olvidas todo respecto a una persona, ¿por qué no puedes olvidar eso? Eso se debe a que la conciencia del sexo se halla firmemente enraizada en nuestra mente, en nuestro proceso de pen-samientos. Se halla siempre presente, siempre está activa.

 Nuestra sociedad, nuestro mundo, nunca podrá ser sano mientras exista esta cortina de hierro, esta distancia entre hombre y mujer. El hombre no podrá estar en paz consigo mismo mientras este fuego ardiente se halle en su interior y se halle sentado sobre él. Debe luchar por reprimirlo todos los días, a cada instante. Este fuego nos quema, nos carboniza; pero aun así no estamos dispuestos a encararlo, a examinarlo.

 ¿Qué es este fuego? No es un enemigo, sino un amigo. ¿Cuál es la naturaleza de este fuego? Quiero deciros que una vez que lo conozcamos, dejará de ser un enemigo; se transformará en un amigo. Si comprendiéramos este fuego, no nos quemaría. Podría calentar nuestras casas, podría cocinar para nosotros y también podría transformarse en un amigo para toda la vida. El rayo ha relampagueado en el cielo desde hace millones de años. A veces, también ha caído provocando la muerte de seres humanos. Nunca nadie pensó que algún día esta misma energía haría funcionar nuestros ventiladores e iluminaría nuestras casas. Nadie conocía estas posibilidades en aquel entonces. Hoy en día, esa electricidad se ha transformado en nuestra amiga. ¿Cómo? Si hubiéramos cerrado los ojos al respecto, nunca habríamos descifrado sus secretos; nunca la habríamos utilizado. Podría haber seguido siendo nuestro enemiga y el objeto de nuestro temor. Pero el hombre adoptó una actitud amistosa a ese respecto. El hombre se propuso comprenderla conocerla, y lenta, lentamente, se desarrolló una amistad duradera. Hoy nos sería difícil arreglárnoslas sin esa electricidad.

 El sexo en el interior del hombre, su líbido, es más vital que el rayo. Un minúsculo átomo de materia pudo aniquilar la ciudad entera de Hiroshima, con cerca de cien mil habitantes. ¡Pero un átomo de la energía sexual del hombre puede crear un nuevo ser humano vivo! El sexo es más poderoso que la bomba atómica. ¿Nunca has reflexionado acerca de las infinitas posibilidades de esta fuerza y de cómo podemos transformarla en pro de una mejor Humanidad? Un embrión de hombre puede ser responsable de un Gandhi, de un Mahavira, de un Buda, de un Cristo. De él puede desarrollarse un Einstein, un Newton. Un germen infinitamente pequeño de energía sexual tiene en sí, inmanifestada, una imponente personalidad como la de Gandhi.

 Pero no estamos dispuestos a comprender al sexo. Hasta hablar de ello en público nos exige un tremendo valor. ¿Qué tipo de temor se ha apoderado de nosotros para que no nos hallemos dispuestos a comprender a esta fuerza que ha dado origen al mundo entero? ¿Qué es este miedo? ¿Por qué estamos tan alarmados? La gente se escandalizó cuando hablé acerca de esto en mi última reunión en Bombay. Recibí muchas cartas airadas que me pedían que no hablara en esta forma, que no hablara en absoluto de este tema. Yo me pregunto: ¿Por qué uno no debería discutir este tema? Puesto que este impulso ya es inherente en nuestro interior, ¿por qué no hemos de conocerlo? A menos que conozcamos su comportamiento, a menos que lo analicemos, ¿cómo podemos esperar elevarlo a un nivel superior? Al comprenderlo, podremos transformarlo, podremos conquistarlo, podremos sublimarlo; pero sin comprenderlo, moriremos sin haber logrado liberarnos de él.

 Lo que yo afirmo es que aquellos que prohíben charlas sobre el sexo han reemplazado su energía sexual por humildad. Aquellos que se encuentran asustados y que, por tanto, se han convencido a sí mismos de que son «inocentes» respecto al sexo, son lunáticos, y han conspirado para convertir al mundo en un gran manicomio.

 La religión se ocupa de transformar la energía del hombre. La religión intenta comprender al ser interno del hombre, sus aspiraciones e impulsos, de la mejor forma posible. También es cierto que la religión debiera guiar al hombre de lo inferior a lo superior, de la oscuridad a la luz, de lo irreal y lo real, a lo eterno desde lo efímero.

 Pero para llegar a alguna parte, uno debe comenzar desde el punto de partida. Debemos partir desde donde estamos. Por lo tanto, resulta imperativo saber primero acerca de «este» lugar, y por el momento, «esto» es más importante que el lugar al que queremos llegar. En este contexto, el sexo es un hecho, el fundamento, la realidad, el punto de partida. Mientras que Dios... Dios está lejos de aquí. Sólo podremos alcanzar la verdad de Dios si comprendemos el punto de partida. De otra forma, ni siquiera podremos movernos un ápice. Estaremos perdidos, seremos un carrusel que no va a ninguna parte.

 Cuando les hablé en nuestra primera reunión, pude percibir que no estamos preparados para enfrentarnos a las realidades de la vida... Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Qué podemos alcanzar? Entonces, toda la alharaca acerca de Dios y el alma es sólo una convicción vacía. Pura charla hueca.
Sólo conociendo la realidad podremos elevarnos sobre ella. Y en realidad, el conocimiento es trascendencia. En primer lugar, debiéramos comprender algo correctamente: el hombre nace del sexo. Todo su ser es el producto de prácticas sexuales, y se halla lleno de la energía del sexo. La energía de la vida es la energía del sexo.

 ¿Qué es esta energía sexual? ¿Por qué es el sexo algo que condi-ciona tanto nuestras vidas de una forma tan poderosa? ¿ Por qué satura nuestro ser en forma tan total? ¿Por qué giramos en torno a él hasta el final? ¿Dónde se halla la fuente de esta tendencia?

 Los sabios y los profetas la han degradado desde hace miles de años, pero el hombre no se ha dejado impresionar. Hace mucho tiempo que predican que debemos derrotarlo, que hemos de expulsar sus pensamientos y deseos, que nos hemos de liberar de esta «ilusión». Y sin embargo, el hombre no ha logrado romper los grilletes. Esto no puede lograrse así como así. La forma de hacerlo es errónea.

 Cada vez que me he encontrado con prostitutas, nunca hablaban de sexo. Preguntaban acerca del alma y de Dios. También me encuentro con monjes y ascetas. Siempre que nos encontramos solos, lo único que preguntan es acerca del sexo. Me sorprendió el darme cuenta de que la conciencia de los ascetas parece estar aprisionada por el sexo, aun cuando ellos siempre predican contra él. Sienten curiosidad y están inquietos. Tienen este complejo mental aun cuando sermonean respecto a la religión y a los instintos animales del hombre.

 Y eso es natural, porque no hemos deseado o intentado comprender este problema. No nos hemos preguntado: ¿A qué se debe esta gran atracción hacia el sexo?

 ¿Quién te enseña acerca del sexo? El mundo entero se halla en contra de que se enseñe. Los padres sienten que a sus hijos no se les debiera permitir conocerlo. Los profesores tienen la misma actitud. Las escrituras también afirman eso. No existe ninguna escuela o universidad que enseñe el tema del sexo. Todas las instituciones educacionales prohíben el conocimiento respecto a esto. Pero sin embargo, en algún momento de la adolescencia, el hombre encuentra por sí mismo que todo su ser, su prana, se halla repleto de la ansiedad del sexo. En ese momento, todas las precauciones adoptadas durante siglos fracasan y el sexo se lleva la victoria.

 ¿Cómo es que esto ocurre? Se predica el amor por la verdad y la verdad del amor... pero esto no perdura, su vulnerabilidad queda comprobada.

 Esta es una prueba concluyente de que el sexo se halla enraizado firmemente en el centro de nuestro ser. Pero ¿dónde se halla el anclaje? ¿Dónde se halla el centro de esta gravitación natural que es tan poderosa y tan profunda? Ahí reside el misterio y es necesario reconocerlo si deseamos superarlo.

 En realidad, básicamente lo que sentimos como atracción sexual no es la atracción del sexo, pues después de cada orgasmo el hombre se siente drenado, deprimido; se siente dolido, acongojado, amargado, y se propone evitar este proceso en el futuro. Así que ¿de dónde proviene este estado de ánimo? Esto se debe a que el deseo apunta a otra cosa, y no únicamente a la gratificación física.

 Comúnmente el hombre no establece contacto con lo más profundo de su ser en el grado en que lo logra en la consumación de un acto sexual. En el curso cotidiano de la vida, en la rutina diaria, el hombre experimenta una variedad de experiencias: compra, hace negocios, se gana la vida; pero una relación sexual le revela la más profunda de las experiencias. Y este suceso incluye una dimensión religiosa profunda. El hombre se extiende más allá de sí mismo, se trasciende a sí mismo.

 Dos «cosas» le ocurren allí. En primer lugar, el ego se esfuma durante la unión sexual: se crea la ausencia del ego. Por un instante, no hay un «yo», por un instante uno no se recuerda a sí mismo. ¿Sabes acaso que el «yo» también se disuelve totalmente en la experiencia religiosa? ¿Sabes que el ego se disuelve en la nada? En forma similar, durante la experiencia sexual el ego se disuelve; el orgasmo es un estado en el que el ego es aniquilado.

 El segundo elemento en la experiencia del sexo es que, por un instante, el tiempo se desvanece; aparece la ausencia de tiempo. Acerca del samadhi, Jesucristo dijo: «El tiempo ya no existirá». En el orgasmo, el sentido del tiempo no existe. No hay pasado, no hay futuro, sólo el momento presente. El presente no forma parte del tiempo. El presente es la eternidad.
Esta es la segunda razón por la cual el hombre se halla loco por el sexo. El anhelo no es el de un hombre por el cuerpo de una mujer o viceversa. La pasión apunta a otra cosa: hacia la ausencia de ego, la ausencia de tiempo.

 Este clímax perdura durante sólo un instante; pero para obtenerlo, el hombre pierde una cantidad considerable de energía vital y posteriormente lamenta su pérdida. En algunos animales, el macho muere después de tener sólo una relación sexual. Cierto insecto afri-cano puede hacerlo sólo una vez; la energía se agota y él muere durante el acto. Y no es que el hombre no sepa que el acto sexual disminuye su poder y reduce su energía, y que con ello se acerca a la muerte. El hombre lamenta su indulgencia consigo mismo, pero muy pronto se apasiona nuevamente. Con seguridad que existe un significado mucho más profundo en su patrón de conducta que el que aparece a simple vista.

 En la experiencia sexual existe un nivel más sutil que la mera rutina física. Un nivel que es, en esencia, religioso. Debiéramos tratar de comprender esta experiencia. Si no logramos comprender el significado de esta experiencia, viviremos, creceremos y moriremos sólo en el sexo.


Tantra Yoga Meditación
Tantra Yoga Meditación 


 El rayo brilla en las noches oscuras, pero la oscuridad de la noche no es el rayo. La única relación entre los dos, la base, es que el rayo brilla solamente por la noche, sólo en la oscuridad. Y lo mismo resulta cierto respecto a la experiencia sexual. La realización, la efervescencia, brilla durante el sexo, pero ese fenómeno no es el sexo en sí. Aun cuando se halla asociado con él, esta asociación no es exclusiva del sexo. El rayo que brilla en el momento del orgasmo trasciende al sexo, proviene del más allá. Si podemos captar esta experiencia del más allá, podremos elevamos por encima del sexo; sino, no lo lograremos.

 Pero aquellos que se oponen ciegamente al sexo no pueden apreciar el fenómeno desde una perspectiva apropiada. Nunca podrán analizar la causa de este deseo insaciable, esa ansia de sexo. Lo que deseo enfatizar es que este fuerte anhelo recurrente por el sexo apunta, en realidad, al logro momentáneo del samadhi, y que te podrías liberar del sexo si pudieras obtener el samadhi sin necesidad del sexo. Si a un hombre que compra un artículo determinado -digamos, por mil rupias- se le informa que puede obtenerlo de forma gratuita, ningún hombre en sus cabales iría al mercado a comprarlo tan caro. Si un hombre pudiera obtener el mismo éxtasis que obtiene en el sexo, a través de algún otro medio, y en una medida superior, su mente deja-ría automáticamente de dirigirse hacia el sexo. Su mente comenzaría a correr en otra dirección.

 El hombre tuvo su primera realización del samadhi a través de la experiencia sexual. Sin embargo, este asunto implica un alto, un muy alto precio. Y nuevamente, no durará más de un instante. Regresamos a la situación original después de un clímax momentáneo. Durante un segundo, alcanzamos un plano diferente de la Existencia. Durante un segundo escalamos un clímax de inmensa satisfacción. El impulso es hacia la cima, pero apenas hemos comenzado cuando ya hemos caído por la ladera. Una ola aspira a elevarse hacia el cielo. Apenas logra elevarse y sobresalir del agua, cuando ya comienza a caer. Del mismo modo, en pos de ese éxtasis, de ese goce, de esa realización, de tiempo en tiempo acumulamos energía y comenzamos a ascender nuevamente. Pero fracasamos igual que siempre. Casi tocamos ese plano más sutil, ese ámbito más elevado, y luego retrocedemos a nuestra posición original... pero con una cantidad considerablemente menor de poder y energía. 

 Mientras la mente del hombre permanezca inmersa en el flujo del sexo, ascenderá y descenderá continuamente. La vida es un requerimiento fuerte y continuo hacia la ausencia de ego, hacia la ausencia de tiempo, ya sea de forma consciente o inconsciente. El deseo intenso del ser es conocer el yo verdadero, conocer la Verdad, conocer la Fuente Original que es eterna, que es infinita; unirse con aquello que se halla más allá del tiempo, puro; alcanzar la ausencia de ego.

 Para saciar este deseo interno inconsciente del alma, el mundo está girando en torno al eje del sexo. Pero ¿podemos acaso alcanzar, comprender y desarrollar una relación con esa realización si negamos la existencia de esta realidad interna y natural del hombre? Si nos oponemos al sexo en forma vehemente, tal como lo hacemos, el sexo se transforma en el centro de la conciencia. No podemos liberamos, sino que quedamos atados a él. La ley del Efecto Opuesto comienza a operar: quedamos atados a él, queremos huir de él; y cuanto más tratemos de liberarnos de él, más nos enredaremos en él.


 Un hombre estaba muy enfermo: la enfermedad consistía en que se sentía muy hambriento. La realidad era que no estaba enfermo en absoluto.

 Había leído que la negación de la vida era el camino hacia la liberación. Había leído que ayunar era religioso y que comer era pecado. También se le había dicho que comer algo representaba violencia y que esto iba en contra de los postulados de la no-violencia.

 Cuanto más pensaba en el comer como un pecado, más reprimía el hambre. Y en igual medida, el hambre se imponía. Solía ayunar durante tres o cuatro días, y luego comía cualquier cosa, todo lo que encontraba, como un glotón. Se sentía muy arrepentido después de comer por haber roto su compromiso. Además, el sobrealimentarse y el comer indiscriminadamente producen sus propias consecuencias. Y luego, para expiar su falta, venía otra ronda de ayuno y, nuevamente, después de un tiempo, volvía a comer.

 Finalmente decidió que no era posible seguir el camino correcto permaneciendo en su casa. Renunció al mundo, se fue a la selva, ascendió a una colina y halló un lugar solitario para quedarse. En su casa, su familia se entristeció, pero su esposa, pensando que en su retiro podría haber superado la enfermedad de comer, le envió un ra-mo de flores deseándole una pronta recuperación y un pronto regreso. El hombre envió una nota de agradecimiento: «Muchas gracias por las flores, estaban deliciosas»

Se había comido esas flores. No podemos ni imaginarnos a un hombre comiendo flores en vez de alimento, pues no hemos practicado el sadhana del ayuno como ese hombre. Por supuesto, aquellos que son adictos al comer podrán comprender muy bien la situación. Sin embargo, en mayor o menor grado, todo el mundo se halla confinado al sexo

 Habiendo iniciado una guerra en contra del sexo, es difícil saber lo que el hombre ha provocado. ¿Acaso la homosexualidad existe en alguna otra parte que en la mal llamada sociedad «civilizada» del hombre? Los aborígenes que permanecen en lugares apartados de la civilización no pueden imaginarse siquiera que un hombre pueda unirse sexualmente con otro hombre. Yo he vivido con tribus, y cuando les dije que la gente civilizada practicaba esto también, se quedaron pasmados. No podían creerlo. Pero en Occidente existen clubs de homosexuales. Y existen asociaciones que sostienen que es antidemocrático prohibirlo, si hay tantos que la practican. Declaran que la persecución de los homosexuales por la ley constituye una violación de los derechos humanos fundamentales, que es la imposi-ción de la mayoría sobre una minoría. Esta mentalidad - el nacimiento de la homosexualidad - es consecuencia de la guerra en contra del sexo.

 La prostitución también se halla en directa proporción con la civilización de nuestra sociedad. ¿Alguna vez has reflexionado acerca de la prostitución como institución? ¿Puedes encontrar una prostituta en las zonas tribales montañosas? ¿En los poblados apartados? Es imposible. Esa gente no puede siquiera imaginarse que existan mu-jeres que vendan sus virtudes, que forniquen a cambio de una re-muneración. Sin embargo, este tráfico ha crecido con el «avance» de la civilización del hombre. Es un acto similar al comer flores. Aún más asombrados estaremos si examinamos las demás perversiones del sexo, si analizamos todas sus repulsivas manifestaciones.

 ¿Qué le ha pasado al hombre? ¿Quiénes son los responsables de estas desviaciones corruptas y repulsivas? Aquellos que le han enseñado al hombre a reprimir el sexo en vez de comprendelo, ésos son los responsables. Es debido a la represión por lo que la energía del sexo está fluyendo por canales que no le corresponden. La socie-dad humana entera se ha vuelto enferma y es desdichada. Si existe la intención de modificar a esta sociedad infectada de cáncer, resulta esencial aceptar que la energía del sexo es divina, que la atracción del sexo es en esencia religiosa. ¿Por qué es tan poderosa entonces la atracción del sexo? De seguro que es poderosa, pero si logramos comprender el fundamento básico del sexo, podremos elevar al hom-bre por encima del sexo. Y sólo entonces el mundo de Rama podrá emerger del mundo de Kama, solamente entonces podrá surgir un mundo de compasión desde el mundo de la pasión.

 Fui con unos amigos a Khajuraho a ver el templo mundialmente famoso. La pared más externa del templo, la periferia, está adornada con escenas de actos sexuales, en las más variadas posturas. Existen esculturas mostrando diferentes posturas, todas ellas posturas sexuales. Mis amigos preguntaban porqué estaban allí esas esculturas decorando el templo.
Les expliqué que los arquitectos que construyeron esos templos eran gente realmente inteligente. Creían que la pasión sexual se encuentra en la circunferencia exterior de la vida. Aquellos que se hallaban aun enredados en el sexo no tenían derecho a entrar en el templo.

 Entramos. No había ningún ídolo representando a Dios en su interior. Mis amigos se sorprendieron al no hallar estatuas dentro. Les dije que en el muro externo de la vida existen la lujuria y la pasión, mientras que el templo de Dios está adentro. Aquellos que aún se hallan embrujados por la pasión, por el sexo, no pueden entrar al in-terior del templo de Dios. Aún se hallan rondando en torno a la pared exterior.

 Los constructores de este templo eran gente muy sensata. Este era un centro de meditación. La sexualidad se halla en la superficie, en torno a toda la circunferencia externa, y la quietud se halla en el núcleo, en el centro. Ellos solían decir a los aspirantes que meditasen sobre el sexo, que primero reflexionaran a fondo sobre las escenas sexuales del muro exterior. Cuando uno había comprendido esto por completo y se hallaba seguro de que la mente se había liberado del sexo, entonces podía entrar. Sólo entonces uno podía encarar a Dios adentro.

 En nombre de la religión, sin embargo, hemos destruido la posibilidad de comprender el sexo. Le hemos declarado la guerra a nuestro instinto fundamental. La norma nos dicta que no miremos al sexo, que cerremos los ojos y entonces, irrumpamos a ciegas en el templo de Dios. Pero, ¿puede alguien llegar a algún lado con los ojos cerrados? Aun si llegas adentro con los ojos cerrados, no podrás ver a Dios. ¡En lugar de eso, verás aquello de lo cual estás huyendo!

 Quizás algunos crean que hago propaganda del sexo. Por favor decídles que no me han entendido en absoluto. Hoy en día, es difícil hallar en la faz de la tierra un enemigo del sexo más enconado que yo. Si dedican una atención imparcial a lo que digo, será posible liberar al hombre del sexo. Esa es la única posibilidad de lograr una humanidad mejor. Los pundits que creen ser enemigos del sexo no son más que, en cierta forma, propagandistas del sexo. Han creado una fascinación en torno al sexo. La oposición enconada ha creado una insensata atracción.

 Un hombre me dijo que no se interesaba en nada que no fuera reprobable, que no fuera objeto de controversia, que no fuera ofensivo. Como bien sabemos, la fruta robada es siempre más dulce que la que compramos en la tienda. Es por eso que nuestra propia esposa no es tan dulce como parece ser la mujer del vecino. La otra es como una fruta robada, algo prohibido. Al sexo le hemos otorgado el mismo estatus. Es tentador. Se le ha adornado con una capa tan intensa de mentiras que ha creado una atracción inmensa para nosotros. Bertrand Russell ha escrito que en la Era Victoriana, cuando era un niño, las piernas de las damas nunca debían ser vistas en público. Las ropas que vestían barrían el suelo, cubriendo los pies por completo. Si, por casualidad, un sólo dedo del pie de una mujer se hacía visible, el hombre se lo comía con los ojos. Despertaba la pasión.

 Agrega Russell que, hoy en día, las mujeres andan medio des-nudas. Sus piernas están enteramente a la vista, pero que esto no nos afecta demasiado. Eso prueba que, cuanto más ocultamos algo, más curiosidad nos produce. Así pues, la primera etapa para liberar al mundo de la sexualidad es permitirles a los niños permanecer des-nudos el mayor tiempo posible en sus hogares. Es recomendable permitir a los niños -niños y niñas - jugar desnudos, tanto como les sea factible, de modo que se familiaricen muy bien con el cuerpo del otro, de modo que el día de mañana no surja ninguna necesidad en ellos de pellizcar, empujar o arrimarse al otro en las calles. Y entonces ya no será necesario imprimir fotos de desnudos en ningún libro. Debieran familiarizarse con el cuerpo del otro, de modo que en el futuro no surja ningún tipo de atracción pervertida.

Pero el mundo hace todo lo contrario. La gente que ha cubierto y ocultado su cuerpo le ha, inadvertidamente, otorgado tanto atractivo que aunque se ha apoderado de nuestras mentes, no hemos sentido todo su impacto.

 Los niños debieran permanecer desnudos, debieran jugar desnudos durante largo tiempo, de modo que ninguna semilla de locura les infectara por el resto de sus vidas.

Sin embargo, la enfermedad está allí y sigue empeorando. Po-demos observar la presencia de la enfermedad en la enorme cantidad de literatura obscena que se está publicando actualmente. La gente la lee escondiéndola entre las cubiertas del Gita o la Biblia. Gritamos que los libros obscenos debieran ser prohibidos, pero nunca nos detenemos a pensar: ¿de dónde salen los hombres que los leen? Pro-testamos en contra de que se cuelguen fotos de desnudos en las pare-des, pero nunca nos detenemos a preguntamos porqué se los exhibe.

 El sexo es natural, pero la sexualidad es el producto de las enseñanzas en contra del sexo. Si estas enseñanzas y sermones no-científicos fuesen llevados a la práctica, el alma del hombre estaría totalmente repleta de sexualidad. Casi lo han logrado. Pero, gracias a Dios, estos profesores no tienen mucho éxito en cuanto a enseñar a los hombres. Y, debido a su fracaso, el hombre ha logrado salvar algo de su conciencia y de su poder de discriminación. Si un hombre comprende correctamente al sexo, podrá elevarse por encima de él. Debe elevarse y es necesario elevarse por encima de él.

 En realidad, todos nuestros esfuerzos han producido resultados equivocados porque no hemos entablado amistad con el sexo, sino que le hemos tratado como a un enemigo. Hemos utilizado la represión y no la comprensión para tratar los asuntos sexuales. Cuanto mayor sea la comprensión, más alto podrá elevarse el hombre. A menor comprensión, mayor será el esfuerzo por suprimir el sexo, y las consecuencias de la represión nunca son fructíferas, nunca son agradables, nunca son sanas.

 El sexo es la energía más vital del hombre y no debiera constituir un fin en sí mismo. El sexo debiera guiar al hombre hacia su alma. El objetivo es: desde la lujuria a la luz.
El sexo debe ser comprendido para alcanzar el celibato. Conocerlo es liberarse de él, trascenderlo. Incluso después de una vida entera de experiencia sexual, un hombre no es capaz de darse cuenta de que en una relación sexual existe una experiencia de samadhi, un vistazo a la superconsciencia. Eso constituye la fuerza magnética, la atracción suprema. Es el llamado magnético de lo Sublime. Debes conocer y meditar acerca de esta visión momentánea. Debes enfocar tu consciencia en ello, ¡sobre eso que nos atrae tan tremendamente!

 Existen formas más sencillas de lograr exactamente la misma experiencia. La meditación, el yoga y la oración en grupo son otras alternativas, pero sólo el recurso del sexo atrae al hombre con tanta intensidad. ¿Por qué? ¡Es muy necesario reflexionar acerca de estas diversas formas que te podrían guiar al mismo objetivo!

 Un amigo me escribió, diciéndome que el tema que yo estaba tratando resultaba muy embarazoso. Me pedía que imaginara la incómoda posición de una madre sentada con su hija en el auditorio. Me pedía que pensara en una madre que asistiera a mi charla acompañada de su hijo. Más adelante, me aconsejaba que este tipo de tema no fuera discutido delante de todo el mundo. Le respondí que había perdido el juicio, que sus objeciones no tenían fundamento. Si una madre fuera sensata, debiera, a su debido tiempo, relatarle a su hija sus experiencias con el sexo, antes que ésta resbalara a las regiones bajas del sexo, antes de que se perdiera en los caminos desconocidos, inmaduros y pseudo-científicos del sexo. Si un padre fuera lo suficientemente sensato como para asumir su responsabilidad, debería discutir libremente el tema con su hijo e hija para prevenirles en contra de los escollos más comunes, para salvar sus vidas de una posible perversión en el futuro.

 Pero lo irónico de la situación es que ni el padre ni la madre han tenido ninguna experiencia profunda y consciente en este plano. Ellos mismos no se han elevado por encima del nivel del sexo físico, y es así que, debido a su propia experiencia, temen que sus hijos también se queden atascados en el mismo nivel. Pero yo te pregunto, ¿Alguien te guió? Tú te enredaste por ti mismo. Y tus hijos también se enre-darán. Será una repetición en la segunda generación y en las poste-riores. ¿No es acaso posible que si se les explica, se les enseña y se les permite pensar libremente, se salven por sí mismos de desperdiciar su energía? Puede que no la desperdicien, puede que la transformen.

 Todos hemos visto carbón muchas veces. Los científicos afirman que en un lapso de unos pocos miles de años, el carbón se transforma en diamante. Un diamante es la forma transformada de un pedazo de carbón. El diamante es sólo carbón.

Quisiera deciros que el sexo es carbón, mientras que el brahmacharya -el celibato- es un diamante. El celibato es una nueva forma de sexo. Es la transformación del sexo; es carbón que ha sido sometido a un proceso determinado y, creedme, no hay antagonismo entre los dos extremos. Y además, un enemigo del sexo no puede alcanzar el brahmacharya.

 Ahora bien, ¿qué queremos decir con brahmacharya, con celi-bato? Es la charya de Brahma; una comunión con Dios. Significa alcanzar la experiencia divina, vivir a Dios. Es totalmente posible transformar la energía en esta dirección mediante la comprensión consciente.

La próxima vez tengo la intención de hablaros acerca de cómo puede lograrse la transformación, de cómo la experiencia de Kama, la lujuria, puede ser sublimada para convertirse en Rama, la luz. Deseo que escuchéis con atención, de modo que no me malinterpretéis... Y cualquier pregunta que surja en vuestras mentes, por favor formuladla con honestidad y enviadla por escrito, de modo que pueda hablaros con claridad respecto a ellas en el curso de los próximos dos días... No es necesario, ni existe motivo alguno para ocultar ninguna pregunta que surja en vuestras mentes; que oculte la Verdad de la vida.Tampoco es necesario huir de nada. La Verdad es Verdad, ya sea que cerremos los ojos frente a ella o no lo  hagamos. Sólo aquél que tiene el valor de enfrentarse a la Verdad es un hombre religioso. Aquellos que son débiles, cobardes y no poseen la suficiente reso-lución para enfrentarse a los hechos de la vida, no se les puede ayudar a convertirse en hombres religiosos.
Os invito, en los días venideros, a reflexionar acerca de esto, pues no se puede esperar de los antiguos profetas y sabios que hablen acerca de ello. Quizás tampoco vosotros os halléis acostumbrados a oír charlas como éstas. Vuestras mentes pueden reaccionar con temor, pero os insto a ser pacientes y a escuchar con objetividad. Es posible que la comprensión del sexo pueda conduciros al templo del alma.

 Ese es mi deseo. Que Dios satisfaga ese deseo. Osho 


Tantra Yoga Meditación
Tantra Yoga Meditación 





Fuente: Segunda Charla
Gowalia Tank Maidan
Bombay, 28 de Septiembre de 1968
oshogulaab.com
Fuente: es.wikipedia.org Osho